Bienvenido


Inscríbete a Al Damir con los siguientes datos:







Bienvenido


Ingresa tus datos y podrás ver la última edición de Al Damir:










¿Olvidaste tu contraseña? Hac click AQUÍ para recuperarla.


Si no estás registrado, puedes hacerlo haciendo click AQUÍ

 
  1. (+56 2) 2719 0500
  2. contacto@aldamir.com
 
 
Revista Al Damir + Reportajes + JERUSALEN: LA PROFANACION DE LA CIUDAD SANTA

JERUSALEN: LA PROFANACION DE LA CIUDAD SANTA

Jerusalen

El anuncio del presidente Donald Trump, de trasladar la embajada de Estados Unidos en Israel desde Tel Aviv a Jerusalén, representa un episodio más en una serie milenaria de conflictos.

Con emoción, el poeta antofagastino Andrés Sabella recordaba que su padre había nacido en Jerusalén en 1878:

Jerusalén estuvo, desde mi infancia, en mi ternura de hijo lejano que lo sentía -y siente-, como una caricia. Dificultosamente, debí pronunciar Jerusalén, entonces, mientras el padre me sonreía y comenzaba a contarme, piedra a piedra, torre a torre, la ciudad de su sangre. El del padre de Sabella no fue un caso único. Miles de personas: palestinos, judíos y cristianos han consagrado a Jerusalén como Ciudad Santa. Es un amor que viene desde el fondo de los tiempos. Lo resume el salmo 122:

“Digan ustedes de corazón: Que haya paz en ti, Jerusalén, que vivan tranquilos los que te aman, que haya paz en tus murallas, que haya seguridad en tus palacios”.

A lo largo de los tiempos, los oídos de la historia han sido esquivos, sin embargo, frente a esta aspiración. El anuncio del presidente Donald Trump, de trasladar la embajada de Estados Unidos en Israel desde Tel Aviv a Jerusalén, es apenas un episodio más en una serie milenaria de conflictos: asedios interminables, ocupaciones violentas, enfrentamientos armados y tragedias sociales y personales. Es fácil desestimar el anuncio oficial norteamericano como una “chiquillada”, que es el adjetivo que más se aplica en estos días a Trump. Pero es más que eso.

“PARTICION” FALLIDA
Es necesario tener siempre presente que a pesar de que Jerusalén es una ciudad igualmente santa para cristianos, musulmanes y judíos, hay diferencias.

Una matizada descripción de esta realidad la resumió el profesor sueco Krister Stendahl, Obispo Emérito de Estocolmo y ex decano de la Facultad de Teología de Harvard, en 1967:

“Para los cristianos y para los musulmanes el término ‘lugares sagrados’ es una expresión adecuada de lo que se quiere significar. Aquí se encuentran lugares consagrados por los acontecimientos más santos, lugares para el peregrino, el centro de la devoción más elevada… Para el judaísmo es diferente. Su religión no está unida a ´lugares’ sino a la tierra; no a lo que ocurrió en Jerusalén sino a Jerusalén en sí misma”.

Fue por esta percepción compartida que tras la Segunda Guerra Mundial una Comisión Especial de Naciones Unidas recomendó por mayoría “la partición de Palestina en un Estado palestino y un Estado judío y la internacionalización territorial de la zona de Jerusalén como enclave internacional en el Estado árabe”.

El 29 de noviembre de 1947, la Asamblea General de la ONU aprobó la propuesta. Conforme a la resolución N°181, “la ciudad de Jerusalén será constituida como corpus separatum bajo un régimen internacional especial, y será administrada por el Consejo de Administración Fiduciaria de las Naciones Unidas”. También se establecía la desmilitarización de la ciudad y su carácter neutral.

El acuerdo, que debía ser revisado al cabo de diez años, nunca se concretó. El 14 de mayo de 1948, el día antes del retiro de las fuerzas británicas, se proclamó el Estado de Israel. Como consecuencia, en los meses siguientes hasta noviembre, lo que antes había sido una guerra virtual se convirtió en un violento conflicto armado.

CIUDAD SIMBOLO
Las hostilidades solo terminaron en noviembre con un acuerdo de cese del fuego y un mapa muy distinto del que proyectó inicialmente la ONU y que había sido rechazado por unos y aceptado a regañadientes por otros. Israel ocupó Cisjordania, un territorio mucho mayor del que le correspondía según el acuerdo de partición, y Jerusalén quedó dividida en dos sectores: uno, occidental, en poder de Israel y otro, el oriental, bajo dominio jordano.

En 1967, el Estado de Israel, tras la Guerra de los Seis Días, puso término a la situación tomando el control de toda la ciudad, incluyendo la zona oriental, declarada por la OLP como capital del Estado palestino.

Contra la determinación de la ONU, en julio de 1980 Israel declaró a Jerusalén como su capital indivisible. La comunidad internacional rechazó esta determinación y las embajadas se retiraron a Tel Aviv.

Al final de su primer año de gobierno, marcado por múltiples problemas, Donald Trump rompió el precario equilibrio de décadas. El seis de diciembre de 2017 anunció que la representación diplomática norteamericana volvería a Jerusalén: “Estamos aceptando lo obvio. Israel es una nación soberana y Jerusalén es la sede de su Gobierno, Parlamento y Tribunal Supremo”, sentenció.

El rechazo fue generalizado, incluyendo manifestaciones dentro y fuera de las fronteras de Israel. Con una votación de 128 votos a favor, 9 en contra y 35 abstenciones, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) aprobó una medida que solicita a Estados Unidos revertir la decisión de reconocer a Jerusalén, capital de Israel.

El debate incluye, como es inevitable, argumentos históricos, jurídicos y religiosos.

VIAJEROS Y OCUPANTES
Jerusalén es una ciudad hermosa. Tiene mucho que ver, probablemente, con la subjetividad del observador, pero el tipo de piedras utilizadas en la construcción, la luminosidad de la región y las colinas en que está situada la hacen única en el mundo.

Pero, detrás de la belleza física, hay una historia plagada de horrores, cuyo fin no se ve próximo. Ahora, menos que nunca. Situada en una encrucijada de caminos, los geógrafos medievales dibujaban a Jerusalén en el centro del mundo. Es una ubicación privilegiada que ha fascinado desde siempre a los viajeros, pero que la convirtió, al mismo tiempo, en el objetivo de permanentes invasores: romanos, bizantinos, omeyades, cruzados y turcos otomanos. El final del imperio otomano, tras la Primera Guerra Mundial, dejó en su lugar, por decisión de la comunidad internacional a los británicos hasta que la ONU votó la partición.

No es fácil el análisis del legado de dos mil años de historia. Hay que sumar grandes construcciones, empezando por Herodes, caminos, templos, escuelas filosóficas y -también- rebeliones aplastadas a sangre y fuego.

Fue lo que ocurrió cuando Jerusalén fue sitiada por Tito tras la rebelión del año 66. El historiador Flavio Josefo resumió este período en su obra “Guerra de los Judíos”. Lo peor, según cuenta, fue el hambre entre los sitiados: “Moría infinita muchedumbre de los que por toda la ciudad se corrompían de hambre… En cada casa donde se descubría algo de comer, se movía gran guerra y los que eran muy amigos peleaban y venían a las manos por solo quitar unos a otros el sustento”.

EL HORROR Y LA ESPERANZA
Cada uno de los períodos históricos tiene su propia versión de parecidos actos de heroísmo y salvajismo desenfrenado. Son parecidos a los ocurridos en todas las guerras en todo el mundo. Pero aquí, en la luminosa ciudad de la paz los horrores se perciben con más fuerza.

Y, también, como soñaba el padre del poeta Andrés Sabella, no se pierde nunca la esperanza, ni siquiera en la lejanía geográfica:

Entré a la vida protegido por la sombra de sus calles, donde la sombra pura y ensangrentada de Jesús se extendía, como su fortuna. El padre, de ojos velados por la nostalgia, necesitaba ver la Jerusalén de su juventud y, no resistiendo la ansiedad, logró confeccionar una larga vista fotográfica que colocó en un lugar preferente del hogar: Jerusalén, de este modo, estaba en Antofagasta y el padre, a su vez, vivía entre los olivos y los amigos distantes. Y para vivirlos, se habituó a pasearse delante del cuadro, por las tardes, después de la jornada, contemplándolo con la honda mirada de los recuerdos: -Allá, se levanta el Santo Sepulcro-, me indicaba aproximando su corazón a los días en que él llegaba a su majestad, en trémulo paso de oración.

El iba señalándome la pasión y relatándome las horas en que las campanas parecían competir en gloria. Cuando fui hombre, me llamó y ante todas las casas de Jerusalén, habló a mi vida por venir: Mi herencia más fuerte es esta fotografía que te entrego, debes cuidarla y llevarla a tu hogar, cuando lo fundes.

No olvides que tu padre se encuentra, ahí, dentro de una casa de la Calle Nueva… Y en mis altibajos nunca perdí la “herencia” y ahora, escribiendo la observo, con la terneza que me enseñó la vida, y creo que mi padre sale de alguna de las calles, iluminadas por la dulzura, avanza a mí y besa mi frente, y el beso me trae la tibieza de su amor y del aire jerosolimitano, y es un beso fuerte y profundo: un beso de Jerusalén en los labios del padre.

Abraham Santibáñez

Deja un comentario: