Por: Valeria Apara Hizmeri.
Annemarie Jacir es una cineasta palestina nacida en Belén, reconocida internacionalmente por una obra que aborda la memoria, la identidad y la experiencia cotidiana bajo ocupación. Con su más reciente película Palestine 36, reconstruye la Revuelta Árabe de Palestina de 1936–1939 como el inicio de la lucha organizada por la independencia y como un episodio clave para comprender el presente.
En entrevista con Revista Al Damir, Jacir reflexiona sobre el rol del cine como herramienta para preservar la memoria histórica, desmontar mitos sobre la identidad palestina y abrir espacios de diálogo intergeneracional.
La directora aborda también los desafíos de filmar bajo ocupación y en medio del genocidio en Gaza, el impacto de las restricciones en el proceso de rodaje y las dificultades de distribución internacional que enfrentan las historias palestinas. Asimismo, analiza cómo la revuelta de 1936 revela formas tempranas de organización social, resistencia y conciencia nacional que hoy siguen siendo ampliamente malinterpretadas.
El estreno de la película Palestina 36, es el 12 de febrero en los cines de Chile.

- ¿Por qué decidiste hacer una película sobre la Revolución Árabe de 1936-1939?
“Quise hacer una película sobre este momento porque marca el inicio de la lucha palestina organizada por la independencia y, realmente, el comienzo de esta historia. A veces se empieza el relato en 1948, pero la historia comienza antes, y es muy importante comprender ese proceso y ese momento. Fue el primer levantamiento masivo contra el dominio colonial británico y un hecho profundamente histórico.
La huelga que aparece en la película —por ejemplo, la huelga de seis meses— fue, en ese momento, la más larga de la historia. Es un momento increíble y del que no se ha hablado lo suficiente”.
2. ¿Crees que mirar lo que ocurrió en 1936 ayuda a entender mejor lo que está sucediendo hoy y la sensación de que no mucho ha cambiado para los palestinos?
“Sí, definitivamente. La parte más dura es que las cosas no han cambiado mucho. Pero también hay algo positivo, y es que la resistencia continúa: las personas siempre se negarán a ser borradas y seguirán adelante.
Para mí, la película busca hablar de esa resiliencia humana: podemos ser destruidos y volver a levantarnos. Es algo que vale la pena celebrar, esa negativa a desaparecer”.
3. Existe un relato que sostiene que la identidad palestina habría surgido recién en épocas más recientes —incluso asociada a figuras como Yasser Arafat o a las intifadas—. Sin embargo, en la película se ve que ya en 1936 había una conciencia e identidad palestina. ¿Qué importancia tiene para ti mostrar ese momento histórico y desmontar ese mito?
“La lucha por la independencia —y la propia revuelta— fue un levantamiento liderado por campesinos que surgió desde el mundo rural.
Al revisar la historia, se puede ver que ya existían partidos políticos palestinos formados mucho antes, donde se discutía la independencia. La noción de ser un pueblo independiente ha estado presente desde hace mucho tiempo. Lo que no ha cambiado es que otras personas siguen tomando decisiones por nosotros.
Algunos dicen que no había pueblo en Palestina, pero entonces, ¿quién construyó todas esas casas?, ¿qué es toda esa historia? Existe una campaña activa por destruir esas casas y aldeas: más de 500 pueblos fueron arrasados completamente después de 1948.
Eso refleja el temor a admitir que aquí vivían otras personas, con sus propias vidas. Cualquiera que estudie la historia puede ver que esas afirmaciones son falsas. Hemos vivido enfrentando intentos constantes de borrar todo lo que somos”.


4. La película Palestine 36 fue seleccionada para los Premios de la Academia 2026 en la categoría de Mejor Película Internacional. ¿Qué significa que una historia sobre la Revuelta de 1936 llegue hoy a un escenario global de esa magnitud?
“Fue realmente increíble quedar en la lista de preseleccionadas de la Academia, representar a Palestina y luego avanzar en esa instancia.
Lo principal es que esto permite que muchas personas vean la película, incluso quienes quizás no la habrían visto de otra manera. Eleva el perfil del filme y lo pone frente a espectadores que antes no tenían acceso.
La distribución sigue siendo una gran batalla en Estados Unidos cuando se trata de difundir cualquier historia palestina, por lo que estar en la shortlist de los Oscar ayuda mucho en ese sentido”.
5. ¿Cómo se vio marcado el proceso de rodaje por el hecho de que, durante la producción, se comenzara el último genocidio en Gaza y aumentaran las restricciones?
“Habíamos pasado un año preparando la película: restaurando la aldea, plantando cultivos, construyendo los vehículos, fabricando las armas y elaborando el vestuario. Era el proyecto más grande y ambicioso concebido en Palestina, y prácticamente todo el mundo estaba involucrado de alguna manera. Para nosotros era una película muy importante y nos dijimos: ¿por qué no? ¿Por qué los palestinos no podrían hacer una película así?
Vivimos bajo ocupación militar, donde todo parece imposible, pero quisimos soñar e imaginar que podíamos realizar un proyecto de esa escala, como en otros lugares del mundo. Trabajamos mucho para prepararnos, porque era la primera vez que muchos de nosotros participábamos en algo así.
Después del 7 de octubre lo perdimos todo: la aldea dejó de ser accesible, parte del equipo y del elenco ya no podía moverse y no fue posible seguir filmando. Entonces fuimos a Jordania, encontramos otra aldea y comenzamos a rodar allí. Estuvimos un tiempo filmando en Jordania, pero la situación también se extendió a nivel regional: comenzaron los ataques con misiles iraníes, y tuvimos que detenernos otra vez. Fue un proceso de constantes pausas y reinicios; a veces parecía que todo lo que podía salir mal, salía mal.
Aun así, para mí era muy importante volver a Palestina a filmar. ¿Cómo se puede hablar de cine palestino si ni siquiera se filma en Palestina? Allí comenzó el proyecto. A pesar del genocidio, logramos regresar y tuvimos que hacer algunos compromisos en términos de locaciones, equipo y elenco, pero filmamos: en Belén, en Jerusalén y en Jaffa.
Fue un momento muy extraño, porque estábamos felices de estar de vuelta filmando en Palestina, mientras al mismo tiempo el genocidio continuaba. Fue un periodo muy difícil.
Intentamos trabajar a nuestra manera, con discreción. En lugares como Belén buscamos nuestras propias formas de hacerlo. Así he realizado todas mis películas: si se cierra un camino, buscamos otro. Hay que maniobrar constantemente para poder hacer lo que queremos.
Pero todo se vuelve mucho más difícil. Filmar en estas condiciones exige ser mucho más persistente y obstinado; no es algo para cualquiera”.
6. Durante tu investigación sobre la revuelta de 1936–1939, ¿qué descubriste sobre la identidad palestina y la organización social de esa época que hoy sigue siendo ampliamente malinterpretada?
“Creo que, en muchos sentidos, esta fue la primera Intifada. Siempre decimos que la de 1987 fue la primera, pero en realidad este fue un movimiento masivo, extendido por todo el territorio y que se propagó rápidamente; la energía era muy similar.
Me sorprendieron varias cosas. Sabía que los británicos habían creado un sistema de control bajo el cual, en muchos aspectos, todavía vivimos hoy en Palestina. Eso ya lo conocía. Pero hubo otros elementos que me llamaron la atención, como que el primer concepto de muro —por el que hoy Israel es tan conocido— ya había sido planteado por los británicos.

También me sorprendió descubrir que existían artículos de prensa escritos bajo seudónimos para influir en la población, o que la comisión sionista intentaba debilitar ciertas formas de organización social. En la película aparece la historia de las asociaciones musulmano-cristianas, que fueron organizaciones reales, y se sabía que había que romper esa unidad. Dividir y conquistar es una estrategia antigua y, para lograrlo, incluso se financiaron asociaciones paralelas.
Me pareció fascinante, sobre todo porque muchas de esas dinámicas no han cambiado”.
7. ¿Qué rol puede tener el cine en preservar la memoria histórica?
“Ha sido muy interesante viajar con la película y encontrarme con públicos palestinos, especialmente de generaciones mayores. Varias veces ha ocurrido que personas llegan a verla acompañadas de sus padres o abuelos y, de pronto, después de la función, ellos comienzan a hablar de la Nakba o de su infancia, de cosas que nunca habían contado durante años.
Una mujer me dijo que su padre nunca hablaba del trauma que había vivido, pero después de ver la película empezó a contar historias sin parar, con toda la familia reunida escuchándolo. Se desbloquea algo. Para mí, eso es lo más importante que podría escuchar sobre lo que ha logrado el film: que abre un espacio para hablar y preservar nuestra historia, sobre todo porque esa generación está desapareciendo rápidamente.
También existe mucho trabajo académico sobre ese periodo —investigaciones, diarios, testimonios— y fue en eso en lo que me apoyé para realizar la película, recurriendo fuertemente al trabajo de historiadores y de personas que vivieron esos hechos. Sin embargo, nunca había visto una película que abordara esta historia de una manera accesible para el público.
Pienso que este tipo de cine es importante incluso para que las nuevas generaciones, como mi propia hija, puedan comprender algo de una historia que constantemente está siendo borrada”.

