Desde el término “Medio Oriente” hasta la forma en que se describe “el conflicto”, el lenguaje ha sido una herramienta histórica de poder y dominio. No solo se ocupan territorios: también se construyen realidades.
A través de palabras aparentemente neutras, se ha moldeado una visión del mundo que invisibiliza a Palestina y normaliza la desigualdad. Porque antes de dominar un territorio, muchas veces es necesario definir cómo será contado.
Por: Valeria Apara Hizmeri
El lenguaje nunca ha sido inocente. En los estudios poscoloniales, uno de los consensos más sólidos es que nombrar el mundo implica también ordenarlo, jerarquizarlo y, en muchos casos, dominarlo. El intelectual palestino Edward Said lo expuso de manera decisiva en su obra Orientalism, donde argumenta que Occidente no solo describió Oriente, sino que lo construyó como una categoría cultural e ideológica subordinada. En ese proceso, el lenguaje funcionó como una herramienta central: produjo imágenes, conceptos y marcos interpretativos que definieron cómo debía entenderse esa región y sus pueblos.
Uno de los ejemplos más claros de este fenómeno es el propio término “Medio Oriente”. Lejos de ser una denominación neutral, su origen responde a una lógica geopolítica imperial. El concepto se popularizó a comienzos del siglo XX en el contexto del Imperio británico, particularmente tras su uso por el estratega naval estadounidense Alfred Thayer Mahan en 1902. La denominación no describe la región desde sí misma, sino que la ubica en relación a Europa: un “medio” entre el “cercano” y el “lejano” Oriente. Es decir, el mundo organizado desde un centro implícito europeo. Diversos estudios académicos coinciden en que esta categoría es una construcción política antes que geográfica, una forma de ordenar el espacio global según intereses estratégicos y coloniales.
Este tipo de operaciones lingüísticas se inscribe dentro de lo que Said denominó Orientalismo: un sistema de pensamiento que representa al “Oriente” como atrasado, irracional o violento, en contraste con un “Occidente” moderno, racional y superior. No se trata solo de prejuicios culturales, sino de un discurso con consecuencias materiales. Al construir al otro como inferior, se habilita su intervención, administración o control. En este sentido, el lenguaje no solo describe relaciones de poder: también las produce y las legitima.
En el caso de Palestina, este marco discursivo ha tenido efectos concretos y persistentes. La propia existencia del territorio se diluye frecuentemente en categorías amplias como “conflicto en Medio Oriente”, una expresión que borra especificidades históricas y políticas. A su vez, el uso de términos como “conflicto”, “enfrentamientos” o “territorios disputados” —incluida la noción de “conflicto palestino-israelí”— tiende a neutralizar las asimetrías estructurales, reemplazando conceptos jurídicos como ocupación o colonización por un lenguaje que sugiere equivalencia entre las partes.
De igual forma, expresiones como “árabes israelíes” para referirse a los palestinos que permanecieron en sus tierras tras 1948 y que actualmente tienen la nacionalidad de Israel tienden a diluir su identidad nacional e histórica, reduciéndolos a una categoría étnica amplia. Estas elecciones lingüísticas, lejos de ser neutras, contribuyen a instalar marcos interpretativos que invisibilizan procesos como el desplazamiento, la colonización territorial y la continuidad histórica del pueblo palestino.
Pero este patrón no es nuevo. Ya a fines del siglo XIX, en el contexto del surgimiento del sionismo político, ciertas representaciones sobre la población palestina reproducían lógicas similares. En su obra Der Judenstaat, traducida como El Estado judío, el fundador del sionismo moderno, el húngaro Theodor Herzl, describía a las poblaciones locales dentro de un marco que las situaba como atrasadas o necesitadas de modernización, en línea con imaginarios coloniales europeos de la época. En ese sentido, Herzl afirmaba que el futuro Estado judío sería “para Europa una parte del muro contra Asia; seríamos la avanzada de la civilización frente a la barbarie”. Aunque su proyecto estaba enfocado en la creación de un Estado judío, el lenguaje utilizado no escapaba a la matriz cultural dominante del siglo XIX, donde los pueblos no europeos eran frecuentemente caracterizados como inferiores o “bárbaros”. Esta forma de representación no solo reflejaba prejuicios individuales, sino que se insertaba en un discurso más amplio que justificaba proyectos coloniales en distintas partes del mundo.
A lo largo del tiempo, este tipo de construcciones discursivas ha contribuido a moldear la percepción internacional sobre Palestina. El sujeto palestino ha sido muchas veces representado como amenaza, como problema o como actor irracional, reforzando estereotipos que tienen raíces profundas en el pensamiento orientalista. Estas representaciones no son neutrales: influyen en la forma en que se interpretan los hechos, en las políticas que se justifican y en las respuestas que se consideran legítimas.
El filósofo francés Michel Foucault aporta una clave fundamental para entender este fenómeno al plantear que no existe conocimiento separado del poder. Los discursos, lejos de ser descripciones objetivas, establecen lo que puede ser dicho, pensado y considerado verdadero. En este sentido, términos como “Medio Oriente” o ciertas formas de nombrar la realidad palestina no son simplemente palabras: son parte de un sistema que organiza la percepción global.
Así, incluso en la actualidad, el lenguaje heredado del colonialismo continúa operando en medios de comunicación, discursos políticos y marcos académicos. No es necesario un dominio territorial directo para ejercer influencia: basta con definir las categorías a través de las cuales se interpreta la realidad.
La situación de Palestina permite observar con claridad esta dimensión menos visible del poder. La disputa no ocurre únicamente sobre la tierra, sino también sobre el relato. Porque antes de controlar un territorio, muchas veces es necesario definir cómo se lo nombra, cómo se lo entiende y qué lugar ocupa en el mundo.


