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Así es el nuevo museo árabe inaugurado en Chile: historia, memoria y legado para las futuras generaciones

Ubicado en el Colegio Chileno Árabe de Chiguayante, este nuevo espacio busca conservar, difundir y concientizar sobre la cultura árabe y la diáspora de sus comunidades en el sur de nuestro país.

El pasado 4 de septiembre se inauguró el Museo de Historia, Arte y Cultura Árabe de Concepción, en el Colegio Chileno Árabe de Chiguayante. Su curador, Rodrigo Farías explicó cómo este lugar busca preservar la historia de las diferentes comunidades árabes con presencia en nuestro país, abarcando desde su historia, su origen, su inmigración a Chile, su situación contemporánea y como han sido un aporte a las distintas disciplinas para el desarrollo de nuestro país.

1. ¿Cómo nació la idea y qué necesidad busca responder? “La idea nació de Emilio Gidi Samur, presidente de la Corporación de Cultura y Educación Chileno- Árabe de Concepción, el “tío Emilio”. Él me contactó para contarme un sueño que venía construyendo desde hacía tiempo de tener este museo. Cuando conocí el proyecto vi una oportunidad de aportar desde mi propia experiencia. Llevo años dedicado al estudio de la etnografía árabe, y cuando me pidieron ser curador, acepté con gran entusiasmo. La necesidad de fondo es una necesidad de memoria. Chile tiene más de un siglo de presencia árabe, pero hasta ahora no contaba con un museo dedicado íntegramente a narrar esta historia desde su origen hasta su desarrollo en nuestro país. Con demasiada frecuencia la historia de la inmigración árabe en Chile se resume en el comercio. Pero esa historia es muchísimo más amplia. Hay educación, cultura, industria, vida social, beneficencia, participación pública, arte, memoria y construcción de comunidad. Como descendiente, sentía la responsabilidad de transformar muchos años de estudio en algo que pudiera permanecer y entregar ese conocimiento a las generaciones que vienen”.

2. ¿Qué tipo de piezas, documentos o relatos encontrarán los visitantes? “El recorrido se estructura en tres grandes ejes: Historia y Civilización Árabe, Diáspora y Establecimiento, y, Arte y Cultura Viva. En el primer eje encontramos piezas arqueológicas que permiten acercarse materialmente a períodos muy antiguos de nuestra historia. Hay, por ejemplo, una moneda romana provincial acuñada en la Heliópolis de Baalbek y lámparas de aceite de terracota procedentes de Palestina, tanto de época bizantina como islámica. Son objetos que alguna vez tuvieron una función cotidiana y que hoy se han convertido en documentos históricos. Pero, desde mi perspectiva, uno de los conjuntos más impactantes es la exhibición de indumentaria tradicional palestina. Allí tenemos dos tipos de piezas. Por una parte, reconstrucciones contemporáneas confeccionadas en Palestina a partir de patrones, técnicas y documentación histórica. Por otra parte, piezas originales anteriores a la Nakba, adquiridas o recibidas mediante donaciones, algunas de las cuales probablemente fueron confeccionadas antes de 1930. Esas prendas son evidencia material de una sociedad con ciudades, aldeas, oficios, técnicas y códigos culturales propios antes de 1948. El visitante encontrará además trabajos en nácar y madera de olivo de Belén, taracea damascena, cerámica y vidrio de Al-Khalil, objetos de vida cotidiana e instrumentos musicales del Levante. Y junto a los objetos están las personas. Porque una parte fundamental del museo está dedicada a los relatos de quienes heredaron esta historia. Todo el recorrido físico está disponible en español y árabe, y además contamos con una audioguía en cinco idiomas”.

3. ¿Cómo se refleja en este nuevo museo la inmigración árabe en la región? “El museo incorpora la historia del Biobío, pero nuestra mirada se concentra especialmente en la inmigración árabe al Gran Concepción. Es una decisión curatorial consciente: preferimos contar con profundidad la historia de un territorio determinado antes que intentar abarcar superficialmente todo el país. La propia museografía materializa ese tránsito mediante una bisagra migratoria. Es un punto físico del recorrido en el que el visitante deja atrás la tierra de origen y comienza a entrar en la experiencia de la diáspora. Antes de esa bisagra está el mundo del que partieron nuestros antepasados: Palestina, Siria, el Líbano y el contexto histórico, social y cultural en el que vivían. Después aparece Chile: documentos de viaje, fotografías familiares, objetos que llegaron dentro de una maleta y otros que fueron adquiridos cuando esas familias ya habían comenzado a echar raíces aquí”.

4. ¿Cuál ha sido la pieza que más lo emocionó? “Sin lugar a dudas, la exhibición de indumentaria tradicional palestina. Soy un apasionado del tatreez y llevo muchos años estudiándolo, por lo que llegar finalmente a montar esa sala significó, en cierto modo, cerrar un círculo. Lo extraordinario del tatreez es que no es simplemente decoración. Es también un lenguaje visual y territorial. Los patrones, colores, composiciones y técnicas pueden entregar información sobre la localidad, la región, el uso de la prenda e incluso sobre las tradiciones de las mujeres que la confeccionaron. Durante generaciones, gran parte de ese conocimiento fue transmitido de madres a hijas sin necesidad de quedar registrado en un libro. Las mujeres llevaban literalmente bordadas sobre sus vestidos referencias a su territorio, a su comunidad y a su historia. Cuando uno comprende eso, la manera de mirar estas prendas cambia por completo. Dejan de ser textiles hermosos y pasan a convertirse en documentos de identidad confeccionados con hilo”.

5. ¿Qué rol espera que cumpla el museo en la educación de las nuevas generaciones? “Para mí, este es probablemente el rol más importante del museo. Lo primero es ayudar a comprender quiénes son los árabes más allá de los estereotipos. Mostrar una civilización con una historia enorme, con aportes a la ciencia, la filosofía, la literatura, el arte, la arquitectura, la lengua y los oficios. Después viene una segunda tarea: explicar la historia de la inmigración palestina, siria y libanesa a Chile y mostrar cuál ha sido su contribución concreta a nuestra sociedad. Existe también una responsabilidad con el presente. El museo debe entregar herramientas para comprender los acontecimientos históricos que explican la Palestina contemporánea, siempre con investigación, documentación y fuentes. El hecho de estar ubicado dentro del Colegio Chileno-Árabe nos entrega una oportunidad extraordinaria. El museo se encuentra en el hall central y los estudiantes conviven con él todos los días. Para los estudiantes de otros establecimientos, en cambio, podemos adaptar las visitas según su edad y conectarlas directamente con contenidos del currículum de Historia. Y hacia la comunidad nuestra apuesta es la permanencia. Queremos que este sea un museo vivo, visitable y abierto, no un espacio que se recuerde solamente en determinadas ceremonias”.

6. El museo habla de «memoria viva». ¿Qué significa eso? “Para nosotros era fundamental que el museo no estuviera construido únicamente a partir de objetos. Un objeto puede decir mucho, pero hay cosas que solamente puede transmitir una voz. De ahí nació «Voces de Nuestra Tierra – Memorias entre olivos y cedros», un proyecto de historia oral que recoge testimonios de descendientes de la comunidad árabe. Son personas que relatan sus recuerdos familiares, hablan de Palestina, Siria o el Líbano, de la llegada de sus antepasados a Chile, de los primeros años en esta zona, de las costumbres que sobrevivieron y también de aquellas que se fueron perdiendo. Me gusta hablar de memoria viva porque la memoria no está solamente en una pieza antigua. Está también en una voz, en una receta, en una fotografía guardada en un cajón, en una palabra árabe que alguien recuerda haber escuchado de niño”.

7. ¿Qué le gustaría que se llevara una persona que visita por primera vez el museo? “Lo primero que me gustaría es que comprendiera que esta no es una historia extranjera. Muchas personas pueden entrar pensando que van a visitar el museo de una colectividad, algo quizás lejano a su propia experiencia, y terminar descubriendo que están observando una parte de la historia de Chile. Los apellidos que aparecen en fotografías y documentos son también los apellidos de compañeros de colegio, vecinos, empresarios, médicos, profesores y familias que llevan generaciones formando parte de nuestras ciudades.

Lo segundo, y para mí es especialmente importante cuando pienso en los estudiantes, es despertar curiosidad. Que alguien vea un apellido y quiera saber de dónde viene. Que descubra que detrás de este apellido existe una ciudad concreta, una calle, una iglesia, una aldea, una montaña, una historia familiar. Y lo tercero es la conciencia histórica. Quisiera que quien recorra el museo pueda comprender también la tragedia que ha vivido y continúa viviendo el pueblo palestino, pero que lo haga con perspectiva histórica. Que entienda que Palestina no comienza con el conflicto contemporáneo. Una prenda bordada antes de 1930 puede decir algo extremadamente poderoso sin necesidad de grandes discursos: aquí existía una sociedad, con ciudades, aldeas, oficios, familias y una cultura profundamente desarrollada”.

Más que un espacio dedicado a conservar objetos, este museo busca mantener viva una historia y acercarla a las nuevas generaciones. Cada fotografía, bordado y testimonio se convierte así en un puente entre el pasado y el presente, entre el mundo árabe y Chile.

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