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Campamento de refugiados Aida: vivir bajo ocupación, resistir con dignidad

Desde el campo de refugiados de Aida, en Belén, Mohammad Abu Srour —residente del campamento e integrante del Aida Youth Center— describe la vida cotidiana bajo ocupación: una torre militar desde donde se dispara munición contra los habitantes del campamento y una cancha de fútbol hoy amenazada por órdenes de demolición, pese a una campaña internacional que ha involucrado a organismos como la UEFA.

En ese contexto, Abu Srour da cuenta de una comunidad que resiste entre la militarización, el hacinamiento y la falta de espacios, pero que sigue organizada en torno al deporte, la memoria y la acción colectiva. Hijo de una familia desplazada durante la Nakba de 1948 —expulsada de sus hogares en territorios donde hoy se encuentra Israel—, su testimonio conecta esa historia con el presente, donde la llave del retorno, ubicada en la entrada del campamento, sigue simbolizando una demanda vigente de justicia, identidad y futuro.

Por: Valeria Apara Hizmeri

  1. ¿Podrías contarnos sobre tu historia personal y la de tu familia? ¿Cómo llegaste al campo de Aida y qué ha significado crecer allí?

“Soy residente del campo de Aida, en Belén. Mi familia fue desplazada durante la Nakba: por parte de mi padre, del pueblo de Beit Nattif, y por parte de mi madre, del pueblo de Abu Ammar, en el distrito de Jerusalén.

Mis abuelos llegaron al campo de Aida como consecuencia de la Nakba, durante la cual la Palestina histórica fue ocupada, más de 550 aldeas palestinas fueron destruidas y más de 750.000 palestinos fueron desplazados por la fuerza. Yo nací en Jerusalén, pero he pasado la mayor parte de mi vida en el campo de Aida.

La vida en el campamento es inherentemente difícil. Las personas que viven aquí no eligieron esta vida; les fue impuesta. El campo abarca aproximadamente 55 dunams (5,5 hectáreas) y fue establecido en 1950 por UNRWA para albergar a cerca de 1.200 refugiados palestinos. Hoy, más de 5.500 personas viven en el mismo espacio, originalmente construido para una población mucho menor.

Como residentes, enfrentamos múltiples desafíos. El principal es la ocupación israelí y sus acciones violentas y opresivas contra los habitantes del campamento. Aunque el campo se encuentra en el Área A —que debería estar bajo la Autoridad Palestina y también bajo la responsabilidad de Naciones Unidas a través de UNRRA—, el ejército israelí continúa realizando campañas agresivas: incursiones diarias, detenciones arbitrarias, uso de munición real y lanzamiento de gases lacrimógenos, incluidos botes potencialmente letales.

En 2017, un estudio de la Universidad de California, Berkeley, junto con Naciones Unidas, determinó que el campo de Aida era una de las zonas más expuestas a gases lacrimógenos en el mundo. No hay ningún lugar seguro en el campamento.

Los residentes han sido blanco de ataques y asesinatos por parte de la ocupación israelí. Entre las víctimas más recientes se encuentran dos niños: Mohammad Ali, de 15 años, y Abood Obeidallah, de 13. Lamentablemente, los soldados responsables no han rendido cuentas. Otras personas han muerto también por exposición a gases lacrimógenos. Además, muchos residentes permanecen encarcelados, mientras otros han sido liberados pero forzados al exilio fuera de Palestina.

El campamento está rodeado por el muro de separación y torres militares, lo que lo hace sentirse como una prisión. Existen severas restricciones a la libertad de movimiento, hacinamiento, falta de privacidad, ausencia de espacios públicos, pobreza y desempleo.

A pesar de todo, los fuertes lazos sociales han permitido a la comunidad resistir y sobrevivir. Incluso sin fuerzas policiales formales, no hay personas sin hogar, ni drogadicción generalizada, ni criminalidad extendida. La comunidad funciona como una familia unida y resiliente».

  • Frente al campamento hay una torre de control militar. ¿Cómo opera y qué impacto ha tenido en la vida cotidiana de Aida?

“Desde esta torre, los soldados realizan labores de vigilancia y, en ocasiones, disparan gases lacrimógenos, balas de goma o munición real hacia el campamento. Muchos residentes han sido heridos por disparos provenientes de esta posición.

Para los habitantes, la torre es un recordatorio constante de la presencia y el control militar. Sus operaciones —vigilancia, control de multitudes y acciones de seguridad— han generado un ambiente de miedo y tensión, especialmente en los niños que crecen bajo su sombra.

Estos incidentes, junto con enfrentamientos recurrentes, han dejado impactos psicológicos y emocionales duraderos, reforzando una sensación de inseguridad y vulnerabilidad en la vida cotidiana».

  • Como miembro del Aida Youth Center, ¿qué rol cumple el deporte —especialmente el fútbol— en la vida de los jóvenes del campamento?

“Como miembro del directorio del Aida Youth Center en Belén, utilizamos el deporte —especialmente el fútbol— como una herramienta poderosa para empoderar a los jóvenes, creando espacios seguros donde pueden expresarse, fortalecer su confianza y desarrollar habilidades de trabajo en equipo y liderazgo.

A través de nuestra academia y programas comunitarios, trabajamos con más de 250 niños y niñas, combinando el deporte con apoyo psicosocial para ayudarles a enfrentar los desafíos de vivir en un campo de refugiados.

La cancha de fútbol es central en este trabajo: no es solo un lugar para jugar, sino un espacio de esperanza, resiliencia y conexión comunitaria».

  • ¿Cuál es la situación actual de la cancha de fútbol del campo de Aida y qué impacto ha tenido la orden de demolición en la comunidad?

“La situación de la cancha de fútbol en el campo de refugiados de Aida sigue siendo frágil e incierta, a pesar de la reciente atención e intervención internacional. A finales de 2025 y comienzos de 2026, la ocupación israelí emitió múltiples órdenes de demolición contra la cancha, argumentando que fue construida sin permisos cerca del muro de separación, e incluso dio a la comunidad un plazo para demolerla por sí misma.

Tras nuestra campaña global y la presión de organismos del fútbol como la UEFA y la FIFA, la demolición habría sido detenida o postergada luego de una intervención de alto nivel, incluyendo gestiones directas del liderazgo de la UEFA. Sin embargo, no se ha recibido ninguna confirmación oficial por escrito, lo que mantiene el futuro de la cancha en la incertidumbre y a la comunidad en un estado constante de temor.

Para nuestra comunidad, la cancha es mucho más que una instalación deportiva: es el único espacio abierto en un campamento densamente poblado, utilizado semanalmente por alrededor de 250 niños y niñas, incluidas jóvenes que han llegado a representar a Palestina. Funciona como un espacio seguro de expresión, apoyo psicosocial y esperanza en un entorno marcado por restricciones y hacinamiento.

La orden de demolición ha tenido un profundo impacto emocional y social: los niños han expresado miedo y tristeza, las familias temen perder el único espacio de esparcimiento, y todo el campamento se ha movilizado para defenderlo. Perder la cancha no significaría solo perder un campo de juego, sino un espacio vital para la dignidad, la resiliencia y el derecho de los niños a jugar y soñar».

  • En la entrada del campamento hay una gran llave. ¿Qué simboliza para ustedes y cómo se vincula con la memoria de la Nakba?

“Representa la memoria persistente de la Nakba, el desplazamiento masivo de palestinos en 1948, y funciona como un recordatorio de que la historia del exilio no ha terminado. Para muchas familias del campamento, la llave evoca las llaves reales que sus antepasados llevaron consigo cuando fueron obligados a abandonar sus hogares, creyendo que pronto regresarían.

La llave del retorno simboliza a todos los refugiados y desplazados palestinos, encarnando sus anhelos, esperanzas y sueños de volver a sus pueblos y ciudades de origen, y a la Palestina histórica. Su creación fue un mensaje dirigido a quienes apostaron por el olvido del derecho al retorno, y a quienes han intentado privarnos de ejercer este derecho individual y colectivo. También es un mensaje para quienes han intentado poner fin al rol de la UNRWA.

En este sentido, la llave no es solo un memorial de la pérdida, sino una declaración de persistencia. Conecta el pasado con el presente, manteniendo viva la memoria de la Nakba mientras reafirma la demanda vigente por el derecho al retorno. Para los residentes de Aida, es un símbolo de identidad y un compromiso colectivo con la justicia, la dignidad y la memoria».

  • Durante la visita del Papa a Belén, tuviste un rol significativo. ¿Cómo viviste ese momento y qué mensaje crees que dejó?

“La visita del Papa a Belén tuvo un profundo significado para los palestinos que viven bajo ocupación. Cuando su comitiva se detuvo en la entrada de la Tumba de Raquel y rezó frente al grafiti que yo había pintado, fue una sorpresa tanto para mí como para los activistas que me acompañaban, especialmente porque la ocupación israelí había intentado impedirnos escribir en ese mismo lugar.

A través de ese gesto, el Papa pareció enviar un poderoso mensaje al mundo: la libertad de movimiento entre Belén y Jerusalén ha sido interrumpida por un muro discriminatorio, puestos de control militares y torres fortificadas. A los creyentes se les niega la posibilidad de rezar en Jerusalén y visitar la tumba de Cristo, y el camino que alguna vez recorrió Jesús —y millones de personas durante los últimos dos mil años— ha sido bloqueado.

Fue una postura notable y una imagen que nunca olvidaremos».

  • En un contexto tan complejo como el de Palestina, ¿qué rol cumple Aida en la lucha por los derechos de los refugiados y en la preservación de la identidad palestina?

“El campo de refugiados de Aida cumple un rol fundamental en la lucha por los derechos de las personas refugiadas y en la preservación de la identidad palestina. No es solo un lugar marcado por la dificultad, sino un espacio de resiliencia, memoria y acción colectiva. Sus habitantes han estado durante décadas en la primera línea exigiendo sus derechos, y su lucha no se ha detenido.

En Aida, las personas intentan transformar lo imposible en algo posible. Incluso en condiciones muy adversas, la comunidad trabaja por mantenerse unida, apoyarse mutuamente y mantener viva su identidad e historia. Existe un esfuerzo constante por compartir conocimientos, recursos y experiencias, y por actuar en solidaridad con otros campamentos y comunidades.

Esta resistencia cotidiana —a través de la educación, la expresión cultural, la organización comunitaria y el simple hecho de resistir con dignidad— es una fuente de esperanza. Demuestra que incluso frente a enormes desafíos es posible mantenerse firme, inspirar cambios e influir en otros.

Aida no es solo un símbolo de lucha, sino de perseverancia, y una invitación a seguir creyendo que un futuro más justo aún es posible».

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