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¿Cómo terminó Chile siendo el hogar de la mayor comunidad palestina fuera del mundo árabe?

Por Valentina Jerez Selman

Hubo un tiempo en que salir de Palestina no significaba despedirse para siempre.

A fines del siglo XIX y comienzos del XX, muchos de quienes abandonaban ciudades como Belén, Beit Jala, Beit Sahour, Taybeh o Jerusalén no pensaban en una partida definitiva. La idea era trabajar algunos años, reunir dinero y volver. Dejaban atrás sus casas, sus familias y una vida conocida, convencidos de que el viaje sería apenas una pausa antes del regreso.

Pero la historia tomó otro rumbo.

Lo que comenzó como una migración temporal terminó convirtiéndose, con el paso de las generaciones, en una de las historias migratorias más singulares de América Latina. A más de 13.000 kilómetros de su tierra de origen, miles de familias palestinas echaron raíces en Chile, construyeron comunidad y encontraron un nuevo hogar sin dejar de mirar hacia la tierra que habían dejado atrás.

Esa historia no comenzó con la Nakba de 1948, aunque la Nakba transformó para siempre el destino de Palestina y de su diáspora. Había empezado varias décadas antes, cuando los primeros inmigrantes llegaron al extremo sur del continente con poco equipaje, documentos emitidos por el Imperio Otomano, oficios aprendidos en familia y una esperanza que todavía miraba hacia el retorno.

Nunca imaginaron que ese regreso, con el tiempo, dejaría de depender de ellos.

UN VIAJE QUE PARECÍA TEMPORAL

Llegar a Chile era mucho más que cruzar el mar.

Para muchos palestinos, la travesía comenzaba en los puertos de Jaffa, Haifa o Beirut. Desde allí seguían hacia Europa, embarcaban rumbo a Buenos Aires y, después de atravesar el Atlántico, todavía debían enfrentar el último tramo: cruzar la Cordillera de los Andes para ingresar a Chile.

Antes de la inauguración del Ferrocarril Transandino, en 1910, ese cruce podía hacerse incluso a lomo de mula. Era una ruta larga, costosa y agotadora. Otros, menos numerosos, lograron llegar directamente al puerto de Valparaíso por vía marítima.

Lo que hoy puede resumirse en una línea fue, para quienes lo vivieron, una experiencia de incertidumbre profunda. Cambiaban de idioma, de clima, de paisaje y de continente. Llegaban a un país ajeno, muchas veces sin redes sólidas, sin hablar español y con recursos limitados.

Y, aún así, comenzaron.

Primero como vendedores ambulantes. Recorrieron pueblos y ciudades ofreciendo telas, ropa y distintos productos. Golpearon puertas, caminaron por calles desconocidas, aprendieron palabras nuevas y convirtieron el comercio en una forma de sobrevivir.

Con el tiempo, algunos abrieron almacenes, tiendas y negocios familiares. Lo que había comenzado como una estrategia de subsistencia terminó convirtiéndose en una presencia decisiva en la vida comercial e industrial de Chile, especialmente en el rubro textil.

Pero esta historia no puede leerse sólo como una historia de esfuerzo y progreso económico.

Antes de la integración hubo distancia. Antes del reconocimiento hubo prejuicio. Y durante décadas, a esos inmigrantes palestinos se les llamó “turcos”.

LOS LLAMABAN “TURCOS”

No lo eran.

La explicación estaba en los documentos con los que habían emprendido el viaje.

Cuando comenzaron las primeras migraciones hacia América, Palestina formaba parte del Imperio Otomano, que gobernó la región durante más de cuatro siglos, hasta el final de la Primera Guerra Mundial. Quienes abandonaban ciudades como Belén, Beit Jala o Jerusalén viajaban con pasaportes emitidos por ese imperio. Al llegar a Chile, las autoridades y buena parte de la población los identificaron simplemente como “turcos”, una denominación que terminó instalándose durante décadas y que ocultó el verdadero origen de quienes la recibían.

El apelativo sobrevivió incluso cuando esas familias ya estaban plenamente integradas a la sociedad chilena. Sin embargo, detrás de ese nombre había una historia muy distinta: la de hombres y mujeres palestinos que habían dejado su tierra mucho antes de que el mapa político de Medio Oriente cambiará para siempre.

Y, pese a la distancia, la mayoría seguía convencida de que algún día regresaría.

Como ocurrió con muchos otros movimientos migratorios de finales del siglo XIX y comienzos del XX, el proyecto nunca fue instalarse definitivamente al otro lado del mundo. La intención era trabajar algunos años, ahorrar dinero y volver al lugar donde seguían viviendo sus familias, donde permanecían sus casas y donde imaginaban continuar la vida que habían dejado en pausa pero el regreso comenzó a alejarse.

La caída del Imperio Otomano tras la Primera Guerra Mundial, el establecimiento del Mandato Británico sobre Palestina y el progresivo deterioro de la situación política fueron transformando ese anhelo en una posibilidad cada vez más remota. Con el paso de los años, el destino de miles de familias dejó de depender de sus propios planes y pasó a estar condicionado por acontecimientos que escapaban por completo a su voluntad.

El quiebre definitivo llegó en 1948.

La Nakba palabra que en árabe significa “catástrofe”, marcó un antes y un después en la historia del pueblo palestino. En el contexto de la creación del Estado de Israel, más de 750.000 palestinos fueron expulsados o huyeron de sus hogares, mientras cientos de localidades quedaron despobladas o destruidas. Para quienes ya habían emigrado, el lugar al que esperaban regresar había cambiado de manera irreversible. El retorno dejó de ser una expectativa y, para muchos, se convirtió en una imposibilidad.

Dos décadas más tarde, la guerra de 1967 profundizó ese proceso. La ocupación israelí de Cisjordania, Jerusalén Este y la Franja de Gaza dio origen a un nuevo ciclo de desplazamientos y provocó nuevas olas migratorias hacia distintos países, entre ellos Chile.

Ese contexto también explica uno de los aspectos menos conocidos de la inmigración palestina.

Muchas familias llegaron al país con pasaportes jordanos. Tras la anexión de Cisjordania por parte de Jordania en 1950, una parte importante de la población palestina que residía en ese territorio obtuvo la ciudadanía jordana. Por esa razón, durante las décadas siguientes, numerosos inmigrantes ingresaron a Chile con documentación emitida por ese país, aunque su identidad nacional, su memoria familiar y su vínculo con Palestina permanecieran intactos.

Los documentos podían cambiar.

El origen, no.

Porque, aunque el regreso se había vuelto cada vez más difícil, había algo que las familias se negaban a perder: la certeza de quiénes eran.

Esa convicción sería la que, con el paso de los años, daría origen a una comunidad que encontró en Chile un nuevo hogar sin renunciar a su memoria.

CONSTRUIR COMUNIDAD LEJOS DE PALESTINA

Conservar esa identidad exigía algo más que recordar el lugar de origen.

A medida que las familias palestinas se establecían en distintas ciudades del país, comprendieron que preservar su historia también significaba crear espacios donde pudiera transmitirse. La distancia con Palestina no rompió ese vínculo; por el contrario, hizo aún más evidente la necesidad de mantener vivas las costumbres, la memoria y el sentido de pertenencia.

Desde comienzos del siglo XX comenzaron a surgir sociedades de beneficencia, organizaciones comunitarias, instituciones religiosas y centros sociales que, además de acompañar a los recién llegados, fortalecieron los lazos entre las familias palestinas dispersas por el territorio nacional. Eran lugares de encuentro donde la identidad podía compartirse y proyectarse hacia las nuevas generaciones.

Con el paso de las décadas, esa red comunitaria siguió creciendo.

En distintas ciudades nacieron centros palestinos que se transformaron en puntos de reunión para la colectividad. La Catedral Ortodoxa San Jorge consolidó un espacio fundamental para quienes mantuvieron la tradición cristiana ortodoxa, mientras que instituciones como la Unión Árabe de Beneficencia desempeñaron un papel clave en la organización y el apoyo mutuo de la comunidad.

A ellas se sumarían, con el tiempo, organizaciones educacionales, culturales, deportivas y sociales que ampliaron la presencia palestina en la vida pública chilena y reforzaron el sentido de pertenencia de una comunidad que ya comenzaba a echar raíces definitivas.

Entre todas esas instituciones, una alcanzó una proyección que trascendió a la propia colectividad.

Fundado en 1920, el Club Deportivo Palestino nació como una institución deportiva impulsada por inmigrantes y sus descendientes. Con los años, sin embargo, pasó a representar mucho más que una actividad deportiva. Su nombre, sus colores y su historia terminaron convirtiéndose en uno de los símbolos más reconocibles de la presencia palestina en Chile y en un referente conocido tanto dentro como fuera del país.

Pero la historia de la comunidad palestina en Chile nunca se escribió únicamente a través de sus instituciones.

También se construyó en los pequeños negocios familiares, en las mesas donde continuaron preparándose las recetas heredadas, en las celebraciones religiosas, en las fotografías que pasaron de una generación a otra y en los relatos familiares que siguieron recordando las ciudades y pueblos desde donde habían partido sus antepasados.

Más de 130 años después de la llegada de los primeros inmigrantes, la comunidad palestina forma parte del desarrollo de Chile en ámbitos tan diversos como el comercio, la industria, la educación, la cultura, las artes, la academia, el deporte, la política y el servicio público.

Su integración no implicó dejar atrás sus raíces. Por el contrario, ambas historias terminan creciendo juntas.

Mientras miles de familias contribuyen al desarrollo del país que las recibió, también encontraban nuevas formas de mantener vivo el vínculo con Palestina. Así, la memoria dejó de ser únicamente un recuerdo del pasado para convertirse en un legado transmitido de generación en generación.

UNA HISTORIA QUE TAMBIÉN ES CHILENA

Hoy se estima que cerca de 500.000 personas de origen palestino viven en Chile, conformando la mayor comunidad palestina fuera del mundo árabe. Lo que comenzó con un reducido grupo de familias que cruzó océanos en busca de una oportunidad terminó convirtiéndose en una historia inseparable de la del propio país.

Sus descendientes forman parte de la vida nacional desde ámbitos tan diversos como el comercio, la industria, la educación, la cultura, las artes, la academia, el deporte, la política y el servicio público. Sus apellidos se incorporaron al paisaje chileno, mientras muchas de sus tradiciones continuaron transmitiendo dentro de los hogares, donde Palestina siguió presente en las recetas familiares, las celebraciones religiosas, las fotografías heredadas y los relatos que pasaron de abuelos a nietos.

Esa continuidad ayuda a explicar por qué, para miles de chilenos de origen palestino, la identidad nunca ha dependido únicamente del lugar donde nacieron. También se ha construido a partir de la memoria familiar, de las historias transmitidas entre generaciones y de un vínculo que ha sobrevivido al paso del tiempo, la distancia y los cambios políticos que transformaron para siempre la tierra de sus antepasados.

Quizás ahí reside la singularidad de esta historia.

Los primeros inmigrantes partieron convencidos de que algún día regresarían. La mayoría nunca pudo hacerlo. Sin embargo, aquello que temían perder no desapareció con la distancia. Permaneció en las familias que formaron, en las comunidades que levantaron y en una identidad que encontró nuevas formas de mantenerse viva lejos de Palestina.

Más de un siglo después, aquella travesía que comenzó como un viaje sin fecha definitiva de regreso terminó escribiendo un capítulo propio en la historia de Chile.

Porque quienes cruzaron el océano pensando que algún día volverían quizá nunca imaginaron que, al otro lado del mundo, también estaban ayudando a construir un nuevo hogar. Uno donde la memoria de Palestina no sustituye la identidad chilena, sino que pasa a formar parte de ella.

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