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El botín de una tierra habitada

Israel no nació sobre una tierra vacía. Nació sobre hogares palestinos vaciados por expulsiones masivas y violencia armada. Mientras el sionismo vendía al mundo la idea de “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”, milicianos sionistas, soldados y civiles judíos saqueaban hogares todavía intactos y se llevaban alfombras persas, bibliotecas enteras, joyas, muebles, vajilla y fotografías familiares.

Décadas después, archivos israelíes y testimonios palestinos muestran que el saqueo no fue un exceso aislado de la guerra, sino una parte central de la Nakba y del proceso de desposesión y borrado de la sociedad palestina, que acompañó la creación del Estado de Israel.

Por: Valeria Apara Hizmeri

A lo largo de la historia, los imperios y los regímenes de ocupación no solo han conquistado territorios: también han saqueado bibliotecas, quemado archivos y robado objetos culturales para borrar la memoria de los pueblos sometidos. Los nazis confiscaron millones de libros judíos en Europa durante el Holocausto, muchos de los cuales fueron posteriormente restituidos o rastreados por instituciones internacionales.

Décadas después, investigadores palestinos y académicos han comenzado a plantear una pregunta incómoda: si el mundo reconoció el saqueo cultural nazi como un crimen histórico, ¿por qué los libros y objetos palestinos confiscados en 1948 siguen archivados bajo la categoría de “Propiedad Abandonada” y no han sido devueltos?

La apropiación no fue solo material. También fue cultural.

“Una tierra sin pueblo”

Durante décadas, uno de los grandes relatos fundacionales del sionismo sostuvo que Palestina era una “tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”. Otro mito repetido hasta hoy afirma que los colonos judíos “hicieron florecer el desierto”, transformando un “territorio vacío y atrasado” en un Estado moderno.

Pero detrás de esa narrativa existía otra realidad: ciudades palestinas vibrantes, barrios acomodados, bibliotecas privadas, cafés, comercios, muebles traídos de Damasco y Beirut, alfombras persas, pianos, fotografías familiares y casas donde la vida quedó suspendida de un día para otro.

La Nakba —la expulsión y desplazamiento forzado de más de 750 mil palestinos en 1948— no fue solamente una tragedia humana y territorial. También implicó el saqueo masivo de hogares, comercios, bibliotecas y propiedades palestinas dejadas atrás durante la época.

Las familias palestinas no pensaban que abandonaban sus hogares. Creían que regresarían.

“Traje algunas cosas bonitas de Safed”

Uno de los testimonios más impactantes aparece en el libro El saqueo de propiedades árabes durante la Guerra de la Independencia, del historiador israelí Adam Raz, investigador del Instituto Akevot.

Allí se cita la carta de un soldado israelí que describe con entusiasmo los objetos que tomó de una casa palestina en Safed:

“Traje algunas cosas bonitas de Safed. Encontré para Sarah y para mí unos preciosos vestidos árabes bordados. (…) Cucharas, pañuelos, pulseras, una mesa damasquina y un juego de café con preciosas tazas de plata. (…) Sarah también trajo una alfombra persa magnífica”.

La escena no aparece como un crimen aislado, sino como una práctica extendida y normalizada.

Según Raz, durante 1948 fueron saqueados hogares enteros, tiendas, bibliotecas, instrumentos musicales, maquinaria agrícola, ganado, antigüedades y propiedades culturales palestinas.

El historiador sostiene que el saqueo ayudó además a consolidar el rechazo israelí al retorno de los refugiados palestinos: miles de personas se habían beneficiado materialmente de la expulsión.

La magnitud del saqueo era tan evidente que incluso dirigentes israelíes hablaban de ello abiertamente en reuniones internas.

“Lo único que me sorprendió”, dijo el entonces primer ministro israelí nacido en Polonia David Ben-Gurion ante el gabinete, “fue descubrir tales faltas morales entre nosotros… Me refiero al robo masivo en el que participó toda la población”.

Los testimonios y archivos describen soldados llevándose dinero, maquinaria pesada, camiones, rebaños enteros de ganado y muebles de casas abandonadas. Behor Shitrit, ministro israelí de Minorías, afirmó haber visto el saqueo con sus propios ojos:

“Solo de Lydda, el ejército se llevó 1800 camiones cargados de mercancía”.

Las casas quedaron detenidas en el tiempo

Uno de los elementos más perturbadores de los testimonios palestinos es la descripción de viviendas intactas.

En Jerusalén Oeste —en barrios palestinos como Qatamon, Talbiyya y Baq’a— muchos residentes escaparon bajo bombardeos o ataques armados creyendo que volverían en pocos días.

Cuando regresaron años después, encontraron sus casas ocupadas o vaciadas.

El portal Jerusalem Story recopila numerosos relatos de palestinos que recuerdan hogares completamente equipados al momento de la expulsión.

El escritor palestino Jacob Nammar describió cómo, tras la caída de Jerusalén occidental, soldados y civiles israelíes saqueaban sistemáticamente las viviendas palestinas:

“Las puertas eran derribadas y los muebles sacados a la calle. Camiones iban y venían cargando camas, armarios, refrigeradores y alfombras”.

La escritora palestina Zakia Hajjar recordó haber vuelto a su casa y encontrarla completamente ocupada por desconocidos mientras sus pertenencias desaparecían una por una.

Otros testimonios recuerdan pianos abandonados, juguetes de niños y bibliotecas todavía intactas. Para muchas familias palestinas, la tragedia no fue solo perder una casa, sino descubrir años después que otros habían vivido entre sus objetos más íntimos.

El saqueo de los libros

La apropiación no fue solo material. También fue cultural.

Tras la expulsión de palestinos de Jerusalén Oeste, más de 30 mil libros pertenecientes a familias palestinas fueron confiscados y trasladados a la Biblioteca Nacional Judía.

Muchos de esos libros fueron clasificados bajo las siglas “AP”, por “Abandoned Property” (“Propiedad Abandonada”).

Pero esos libros no habían sido abandonados. Sus dueños habían sido expulsados.

Investigaciones publicadas por el Institute for Palestine Studies documentan cómo bibliotecas privadas enteras desaparecieron de hogares palestinos. Entre los libros confiscados había manuscritos, literatura árabe, textos religiosos, colecciones familiares y documentos históricos.

Más de siete décadas después, alrededor de 6 mil libros siguen archivados bajo la categoría burocrática de “Propiedad Abandonada”, convertidos en un registro silencioso del despojo cultural palestino.

El lenguaje del despojo

Una de las claves de la Nakba no fue solo militar, sino también lingüística y burocrática. A medida que cientos de miles de palestinos eran expulsados en 1948, el nuevo Estado israelí comenzó a referirse a sus hogares, tierras y pertenencias como “propiedad abandonada”. La fórmula transformaba expulsiones forzadas en simples ausencias administrativas.

Para administrar ese enorme botín territorial y material, Israel creó en 1948 la figura del “Custodio de Bienes Abandonados”, encargado de tomar control de las propiedades palestinas vaciadas durante la guerra. Según documentos de la época, funcionarios recorrían casa por casa, tienda por tienda y pueblo por pueblo inventariando bienes, reemplazando cerraduras y trasladando objetos a depósitos estatales.

El propio Custodio describió la magnitud de la operación: unas 45 mil viviendas y departamentos, cerca de 7 mil comercios, cientos de fábricas y talleres, además de huertos, campos agrícolas y rebaños enteros de ganado quedaron bajo control estatal.

Pero cuando los inspectores llegaban, muchas veces ya no quedaba casi nada. Un informe interno reconocía que más de 50 mil hogares palestinos habían sido abandonados, aunque apenas 509 alfombras habían llegado a los almacenes oficiales. El resto había desaparecido en saqueos realizados por soldados, civiles y nuevos ocupantes.

Mientras el Estado inventariaba las propiedades palestinas, miles de apartamentos vacíos en Jaffa, Haifa, Akka, Ramla y Jerusalén comenzaron a ser entregados rápidamente a inmigrantes judíos recién llegados. En muchos casos, las familias entraban a casas donde todavía quedaban muebles, ropa y objetos personales de sus dueños originales.

Un informe de la época resumía brutalmente el proceso:

“Quien conseguía colocar una cama en una habitación y pasar la noche en ella, adquiría el derecho de posesión”.

En 1950, el despojo quedó consolidado legalmente con la Ley de Propiedad de Ausentes. La ley definía como “ausente” a cualquier palestino que hubiera abandonado su lugar habitual de residencia después del 29 de noviembre de 1947, incluso si seguía viviendo dentro del nuevo Estado israelí.

Miles de palestinos desplazados internamente —personas que se habían refugiado en ciudades o aldeas vecinas esperando volver a sus hogares— fueron convertidos en una categoría jurídica absurda y brutal: “ausentes presentes”.

Es decir, estaban físicamente presentes en Israel, pero legalmente ausentes frente a sus propias propiedades.

Bajo esa figura jurídica, miles de palestinos perdieron legalmente sus tierras, viviendas y pertenencias, muchas de las cuales fueron transferidas al Estado o entregadas a inmigrantes judíos recién llegados.

El lenguaje burocrático permitió así transformar la limpieza étnica en administración legal. El saqueo y la confiscación crearon además un hecho consumado: cuanto más irreversibles fueran la ocupación de las casas y la dispersión de las pertenencias palestinas, más difícil resultaría justificar el retorno de sus dueños originales.

La memoria palestina nunca olvidó

Mientras gran parte de la historiografía israelí silenció durante décadas estos hechos, la memoria palestina los conservó generación tras generación.

El saqueo aparece constantemente en relatos orales, autobiografías, novelas, testimonios familiares y archivos de refugiados.

En Regreso a Haifa, el escritor palestino Ghassan Kanafani describe el regreso de una pareja palestina a su hogar años después de la expulsión. Allí todavía permanecen objetos familiares que convierten la casa en un espacio fantasmagórico, suspendido entre pasado y presente.

El botín de una tierra habitada

Décadas después, las casas saqueadas siguen desmintiendo el mito fundacional de una tierra vacía. Las bibliotecas robadas, las fotografías abandonadas y las ciudades reapropiadas cuentan otra historia: la de una sociedad palestina viva cuya expulsión permitió construir el nuevo Estado israelí sobre las huellas todavía frescas de quienes habían sido expulsados.

La Nakba no solo expulsó a un pueblo de su tierra. También convirtió sus hogares, sus recuerdos y su vida cotidiana en los cimientos silenciosos sobre los que se levantó el Estado de Israel.

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