A 54 años de su asesinato, la historia del periodista, novelista y referente político palestino cuya obra convirtió el exilio, la Nakba y la resistencia en literatura universal.
El 8 de julio de 1972, una explosión sacudió una tranquila calle de Beirut. Un coche bomba acabó con la vida de Ghassan Kanafani, uno de los intelectuales palestinos más influyentes del siglo XX. Tenía apenas 36 años.
Más de medio siglo después, su nombre continúa ocupando un lugar central en la literatura árabe contemporánea y en la memoria del pueblo palestino. Sus novelas siguen traduciéndose a decenas de idiomas, sus ensayos se estudian en universidades de todo el mundo y sus palabras continúan acompañando a nuevas generaciones que buscan comprender la historia de Palestina.
Este 8 de julio se conmemora un nuevo aniversario de su asesinato, una oportunidad para recordar la vida y el legado de un hombre que hizo de la escritura una forma de resistencia.
Un niño marcado por la Nakba
Ghassan Fayiz Kanafani nació el 9 de abril de 1936 en la ciudad de Acre, en la Palestina bajo Mandato Británico.
Su infancia cambió para siempre en 1948, cuando la creación del Estado de Israel provocó la expulsión de más de 750.000 palestinos de sus hogares durante la Nakba («catástrofe», en árabe). Kanafani tenía apenas 12 años cuando su familia fue obligada a abandonar Acre y refugiarse primero en el Líbano y luego en Siria.
Años más tarde recordaría aquel momento como la experiencia que definió toda su vida y su obra. La pérdida de la tierra, el exilio, la identidad y la memoria se convertirían en los temas centrales de sus escritos.
El escritor que narró el exilio palestino
Antes que dirigente político, Kanafani fue periodista. Trabajó en distintos medios árabes y terminó dirigiendo Al-Hadaf, revista vinculada al Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP), organización de la que también fue uno de sus principales portavoces.
Pero fue la literatura la que terminó convirtiéndolo en una figura universal. Obras como Hombres en el sol (1963), Regreso a Haifa (1969), Umm Saad y Carta desde Gaza lograron retratar el drama de los refugiados palestinos desde una perspectiva profundamente humana, alejándose de los relatos exclusivamente políticos.
Sus personajes no eran héroes ni mártires. Eran padres, madres, niños y trabajadores enfrentados a la pérdida de su hogar, al exilio y a la búsqueda permanente de identidad.
Para Kanafani, escribir también era una forma de preservar la historia de un pueblo cuya existencia muchos intentaban borrar.
Un intelectual convertido en objetivo
Durante la década de 1960, Kanafani se convirtió en una de las voces palestinas más reconocidas dentro y fuera del mundo árabe. Su creciente influencia política e intelectual hizo que fuera considerado un objetivo por los servicios de inteligencia israelíes.
El 8 de julio de 1972, un explosivo colocado en su automóvil detonó cuando salía de su casa en Beirut. Diversas investigaciones históricas atribuyen el atentado al Mossad, el servicio de inteligencia exterior de Israel, como parte de una campaña de asesinatos selectivos contra dirigentes e intelectuales palestinos desarrollada durante esos años.
Kanafani murió en el acto junto a su sobrina Lamis. Tenía solo 36 años.
Un legado que sigue vivo
Aunque su vida fue breve, su obra trascendió generaciones. Hoy, Ghassan Kanafani es considerado uno de los fundadores de la literatura palestina moderna. Sus novelas forman parte de programas universitarios en distintos países y continúan siendo traducidas y reeditadas más de cinco décadas después de su muerte.
Su legado no reside únicamente en sus libros, también permanece en la manera en que narró Palestina: desde la memoria de quienes fueron expulsados, desde las familias separadas por el exilio y desde la convicción de que contar una historia también puede ser un acto de resistencia.
En una época marcada por los desplazamientos forzados y la lucha por preservar la identidad palestina, la voz de Kanafani continúa interpelando a lectores de todo el mundo.
Porque, aunque intentaron silenciarlo aquel 8 de julio de 1972, sus palabras siguen recordando que la memoria de un pueblo también puede sobrevivir en la literatura.

