El periodista israelí Ido Amiaz, conocido como “The Salukie”, vive y trabaja en la Cisjordania ocupada, donde documenta desde la primera línea la violencia de colonos, las operaciones militares y las consecuencias cotidianas de la ocupación israelí sobre la población palestina.
Nacido en Israel y radicado en ciudades como Nablus y Ramallah, Amiaz decidió romper con el relato dominante con el que creció y utilizar su posición —marcada por privilegios legales y sociales que los palestinos no tienen— para denunciar las asimetrías de poder, el apartheid cotidiano y la normalización de la violencia dentro de la sociedad israelí. Desde el terreno, expone aquello que muchos prefieren no ver: incursiones militares, restricciones de movimiento, propaganda estatal y una realidad sistemáticamente negada.
En conversación con Al Damir, The Salukie reflexiona sobre identidad, libertad selectiva, responsabilidad ética y propaganda, así como sobre el impacto que tuvo para él vivir bajo ocupación y el riesgo personal que implica documentar la violencia desde dentro del sistema que la produce.
- Cuéntanos, ¿Quién es The Salukie?
“Soy un periodista independiente radicado en la Cisjordania ocupada, Palestina. Informo desde la primera línea, cubriendo la violencia de colonos, operaciones militares, protestas, procedimientos judiciales y otros acontecimientos que ocurren sobre el terreno.
Aunque nací en Israel, no me identifico con su cultura dominante ni con lo que el Estado representa hoy. Me considero un ciudadano del mundo, tengo 28 años, soy mitad iraquí y mitad judío asquenazí, pero estoy plenamente dedicado a la emancipación palestina”.
- ¿Cómo describirías el tipo de contenido que haces y qué buscas mostrar con él?
“Mi trabajo se enraíza en el periodismo gonzo, un estilo en el que el reportero no es un observador distante, sino parte de la historia misma.
Mi objetivo es transmitir la cruda realidad vivida en Palestina tal como se desarrolla sobre el terreno, sin filtros ni falsas neutralidades”.
- ¿Cuál fue el punto de quiebre que te llevó a cuestionar el relato con el que creciste?
“En el libro en el que estoy trabajando, cuento cómo dejé Israel a una edad muy temprana y regresé a los diez años, solo para quedar horrorizado por el comportamiento de mis compañeros en la escuela. Lo que más me impactó fue la clase de árabe. En el momento en que el profesor salía de la sala, toda la clase estallaba en cánticos de “Muerte a los árabes”. Ese fue mi primer encuentro con la supremacía judía en Tierra Santa.
Ese mismo año, durante el Día de Conmemoración, cuando sonaron las sirenas para recordar a criminales de guerra de las FDI (ejército israelí) muertos, me negué a guardar silencio. Incluso entonces, toda mi clase se volvió contra mí”.
- ¿Crees que hoy existe libertad real en Israel para criticar las políticas hacia Palestina?
“No existe libertad, porque lo que hay es solo una libertad parcial, y la libertad parcial no es libertad en absoluto. ¿A qué me refiero con libertad parcial? Yo soy judío; puedo salirme con la mía. Si un palestino estuviera haciendo exactamente lo mismo que yo hago, hace mucho tiempo que estaría en prisión.
No hay democracia cuando la democracia se aplica solo a una parte de la población. Cuando es selectiva, deja de ser democracia por completo”.
- ¿Qué significa para ti ser israelí y, al mismo tiempo, apoyar públicamente la causa palestina? ¿Sientes que cargas con una responsabilidad mayor por eso?
“Ser israelí y apoyar públicamente la causa palestina significa intentar generar cambios desde dentro del sistema que produce el daño. Significa negarse a la complacencia y utilizar el acceso y la visibilidad para documentar y desafiar los abusos de poder.
Cargo con una responsabilidad mayor porque opero con protecciones legales y sociales que los palestinos no tienen. Puedo decir públicamente cosas que probablemente llevarían a su detención o procesamiento. Esa asimetría convierte el alzar la voz en una obligación profesional y ética”.
- Cuando estás en territorios palestinos, ¿qué es lo que más te impacta?
“Vivir en Nablus y Ramallah, en la Cisjordania ocupada, tuvo un impacto profundo en mí. Lo que más me afectó fue ver que mis amigos allí no tenían la misma libertad de movimiento que yo. Algo tan ordinario como ir a la playa —una experiencia básica, dada por sentada— les estaba completamente vedado. Ver cómo las libertades cotidianas son negadas de forma tan sistemática fue profundamente indignante e imposible de ignorar.
La vida diaria también estaba marcada por la amenaza constante de incursiones militares. Antes de ir a cualquier parte, había que revisar Telegram para ver qué barrios estaban siendo allanados, qué carreteras estaban bloqueadas y si era seguro moverse en absoluto, si es que no querías arriesgarte a sufrir lesiones graves o morir.
Al mismo tiempo, a solo unos pocos kilómetros de distancia, personas en Israel usaban la misma aplicación de forma casual para comprar drogas”.
- Hablas árabe, lo que te permite moverte y conversar en espacios a los que muchos israelíes no llegan. ¿Por qué decidiste aprender el idioma y qué te ha permitido comprender?
“He querido aprender árabe desde joven porque, como árabe yo mismo —ambos abuelos del lado de mi padre provenían de Irak—, quería reconectar con mis raíces y aprender mi propio idioma.
El árabe me permitió comprender la sociedad palestina desde dentro y no desde la distancia.
También aclaro algo fundamental: hay muchas menos diferencias entre palestinos y judíos mizrajíes/árabes de lo que sugiere la ideología. Sin embargo, los judíos árabes suelen estar entre los más hostiles hacia los palestinos. Para mí, eso refleja una ruptura más profunda: porque un árbol al que se le enseña a rechazar sus propias raíces está condenado a marchitarse”.
- ¿Cuál ha sido la consecuencia más dura o peligrosa que has enfrentado debido a tu contenido?
“La consecuencia más peligrosa que he enfrentado ocurrió durante una incursión militar en Nablus. Durante la incursión, un soldado apuntó y disparó en mi dirección cuando me asomé para filmar y observar. Vi el fogonazo del disparo. En ese instante, la frontera entre documentar la violencia y ser sometido a ella dejó de existir”.
- ¿Cómo explicas que realidades ampliamente documentadas —como la ocupación o la situación humanitaria en Gaza— sigan siendo negadas por amplios sectores de la sociedad israelí?
“Muchos israelíes continúan negando realidades ampliamente documentadas porque han sido alimentados con la misma propaganda desde su nacimiento. Desde una edad temprana se les dice que Cisjordania está llena de terroristas y que por eso son necesarias fronteras fuertes y puestos de control.
En Gaza, por ejemplo, existe una creencia generalizada de que las únicas personas que sufren son los rehenes israelíes, mientras que el bloqueo en curso, la escasez de electricidad y la inseguridad alimentaria que afectan a dos millones de personas son en gran medida ignorados o minimizados. Años de narrativas estatales, educación y medios de comunicación moldean una percepción de la realidad que deja poco espacio para la empatía o los matices.
Algunos israelíes, de manera repulsiva, conocen la verdad pero eligen ignorarla, porque reconocerla pondría en cuestión los relatos y privilegios que han aprendido a aceptar”.

