Anwar Farraj creía que el genocidio había terminado. Su hija, Salsabeel Farraj, de 12 años, fue asesinada en la madrugada del 9 de marzo de 2026 tras un bombardeo israelí que impactó el campamento de desplazados donde dormían, meses después de la tregua anunciada en octubre de 2025.
Por: Valentina Jerez Selman
El alto el fuego anunciado en octubre de 2025 prometía una pausa tras más de dos años de genocidio israelí sobre la Franja de Gaza. Para miles de familias palestinas desplazadas, no significaba el fin de la violencia, pero sí una posibilidad mínima: sobrevivir sin el miedo permanente a morir en la noche.
Anwar Farraj, agricultor palestino de 36 años, decidió creer en esa tregua. Tras haber sido desplazado más de 14 veces junto a su esposa y sus cuatro hijos desde el inicio de la ofensiva en octubre de 2023, la idea de una pausa en los ataques representaba, por primera vez en años, una sensación cercana a la seguridad.
“Había esperado que el alto el fuego pusiera fin al miedo constante a la muerte y al desplazamiento”, relató a TRT Español.
La familia se instaló en una tienda en Al-Sawarha, en Al-Zawayda, en el centro del enclave, un lugar que, como tantos otros en Gaza, ofrecía apenas una ilusión de resguardo. Allí, como miles de desplazados, sobrevivían en condiciones precarias, dependiendo de ayuda humanitaria irregular y trasladándose constantemente para evitar zonas de ataque, mientras intentaban reconstruir una rutina mínima en medio de la devastación.
En ese esfuerzo por sostener la vida cotidiana, sus hijos fueron inscritos en una iniciativa educativa cercana al campamento. Entre ellos estaba Salsabeel Farraj, de 12 años, una niña que según el testimonio recogido por TRT Español, destacaba por su compromiso con el estudio, su carácter tranquilo y su disposición constante a ayudar a otros.
Tenía una ilusión concreta: vivir el Ramadán con algo de normalidad. Sin recursos para comprar decoraciones, recortó cartón y papel de colores y los colgó en la tienda donde vivían, transformando ese espacio precario en un lugar habitable. En medio del genocidio, ese gesto no era solo un intento de celebrar, sino una forma de resistir, de aferrarse a la vida cotidiana y de proteger, como pudiera, lo que quedaba de su infancia.
La madrugada del 9 de marzo de 2026 interrumpió de forma definitiva esa frágil estabilidad. Mientras la familia dormía, un bombardeo israelí impactó el campamento y la explosión los despertó en medio del pánico, con gritos que comenzaron a multiplicarse en todas direcciones a medida que los ataques continuaban sobre el mismo sector, donde se concentraban familias desplazadas que ya habían huido de otros bombardeos.
“Nos despertamos aterrorizados… solo escuchaba el estruendo ensordecedor y los gritos de ayuda”, relató Farraj.
En medio de la oscuridad, Anwar intentó proteger a sus hijos obligándolos a mantenerse agachados dentro de la tienda, pero el refugio improvisado no resistió el impacto de un proyectil de artillería que cayó cerca, lanzando metralla a través del plástico y alcanzando directamente a la familia.
Su esposa resultó herida en el brazo mientras sostenía a su hijo menor, un bebé de seis meses que sufrió una grave lesión en la cabeza. En ese mismo instante, al buscar a su hija, Anwar la encontró sin vida, asesinada por la metralla mientras dormía.
“Estaba en estado de shock. No podía entender lo que había pasado”, relató también a TRT Español.
La pregunta que repite, una y otra vez, atraviesa el relato: “¿Por qué nos bombardearon? Se supone que la ofensiva ha terminado. Se supone que estamos a salvo”.
“En un instante, Israel me arrebató un pedazo de mi corazón, mi única hija, mientras dormía tranquilamente”, afirmó, en un testimonio que condensa la dimensión de la pérdida.
La explosión no solo terminó con su vida, sino que destruyó también sus objetos personales: su mochila escolar, sus cuadernos, sus lápices de colores y su ropa, restos mínimos de una infancia que intentaba sostenerse en medio del genocidio.
“La bomba no solo mató a mi hija; destruyó todos sus recuerdos felices”, agregó en su testimonio a TRT Español.
Tras el ataque, la familia quedó completamente fragmentada. Su esposa fue trasladada a un hospital de campaña en el centro de Gaza, mientras su hijo menor permanece hospitalizado con heridas graves, y Anwar regresó a la tienda destruida enfrentando una pérdida que, según sus propias palabras, lo deja sin rumbo.
El impacto no se limita a las heridas físicas. Su hijo de seis años revive constantemente la escena del bombardeo, repitiendo lo ocurrido, recordando los gritos y reconstruyendo una noche que no logra abandonar.
“Es solo un niño. Debería estar jugando… no recordando la guerra”, señaló su padre.
La historia de Salsabeel Farraj, reconstruida a partir del testimonio recogido por TRT Español, no es un hecho aislado, sino parte de una realidad persistente en Gaza, donde los ataques continúan pese a anuncios de alto el fuego y donde zonas consideradas seguras siguen siendo alcanzadas, dejando a la población civil expuesta de forma permanente.
El alto el fuego, en Gaza, existe en los anuncios, pero en el terreno el genocidio no se ha detenido, y es en esa distancia entre lo que se declara y lo que ocurre donde se multiplican historias como esta: niñas que creían que todo había terminado, familias que buscaron refugio donde pensaron que estarían a salvo y padres que, por un momento, imaginaron que sus hijos sobrevivirían.
Salsabeel Farraj también lo creía. Fue asesinada mientras dormía.

