Todos los años, Israel conmemora el Día de Jerusalén como la «reunificación» de la ciudad tras la Guerra de los Seis Días de 1967. Pero para miles de palestinos en Jerusalén Este, la fecha se vive de otra manera: calles vacías, comercios cerrados, familias encerradas y una Marcha de las Banderas marcada por la violencia de colonos, consignas racistas y escenas que algunos analistas han comparado con la lógica histórica de los pogromos perpetrados contra comunidades judías en Europa.
Por: Valeria Apara Hizmeri
Para los palestinos de Jerusalén, el Día de Jerusalén no es una celebración: es un día de preparación.
Los comercios palestinos cierran antes o simplemente no abren. Las familias evitan salir de sus casas. Los padres piden a sus hijos no desplazarse solos. Muchos revisan el recorrido de la Marcha de las Banderas para saber qué calles evitar, qué sectores permanecerán bloqueados y cuándo conviene permanecer bajo techo. La escena se repite año tras año.
Lo que para gran parte de la sociedad israelí representa una celebración nacional y religiosa, para numerosos palestinos de Jerusalén Este se ha convertido en una de las jornadas más tensas y temidas del calendario.
¿Qué se conmemora?
El Día de Jerusalén —Yom Yerushalayim, en hebreo— nació tras la Guerra de junio de 1967, también conocida como la Naksa («retroceso» o «revés»), cuando Israel tomó el control de Jerusalén Este, incluyendo la Ciudad Vieja y lugares considerados sagrados por judíos, musulmanes y cristianos.
Para Israel, la fecha simboliza la «reunificación» de Jerusalén. Para los palestinos y gran parte de la comunidad internacional, Jerusalén Este continúa siendo un territorio ocupado y la futura capital de un eventual Estado palestino.
Dos narrativas opuestas conviven sobre una misma ciudad.
La Marcha de las Banderas y el cambio de una celebración
El acto central del Día de Jerusalén es la llamada Marcha de las Banderas: una movilización masiva que atraviesa distintos sectores de la ciudad y culmina en la Ciudad Vieja.
Con los años, investigadores, periodistas y organizaciones de derechos humanos sostienen que la celebración experimentó una transformación.
Lo que comenzó como una fiesta nacional pasó a adquirir un carácter crecientemente religioso y ultranacionalista, con una fuerte presencia de jóvenes provenientes de escuelas religiosas, movimientos del sionismo religioso y grupos de extrema derecha.
La principal controversia gira alrededor del recorrido.
Cada año, la marcha atraviesa el Barrio Musulmán de la Ciudad Vieja, un sector densamente poblado por palestinos. Uno de los puntos más sensibles del recorrido es Bab al-Amud (Puerta de Damasco), una de las principales entradas a la Ciudad Vieja y espacio central de la vida cotidiana palestina en Jerusalén Este. Miles de participantes pasan por esa zona rumbo al Barrio Musulmán, transformando uno de los lugares más transitados y simbólicos de la ciudad en un escenario de máxima tensión y, según críticos y observadores, en una demostración política y territorial de poder.
Una consigna repetida durante más de una década
Quienes defienden el desfile suelen describir los episodios de violencia verbal como acciones de grupos marginales.
Sin embargo, registros acumulados durante años muestran una realidad más persistente.
En distintas ediciones del Día de Jerusalén —2011, 2015, 2016, 2017, 2018, 2021, 2022, 2023, 2024, 2025 y 2026— fueron documentados participantes coreando la consigna: «Muerte a los árabes» (Mávet la’Aravím).
La repetición del cántico durante más de una década convirtió esa frase en uno de los elementos más controvertidos asociados a la marcha.
La académica palestina Nadera Shalhoub-Kevorkian describió el evento como una «representación espacializada del poder», argumentando que la marcha reorganiza y transforma la experiencia palestina del espacio urbano.
En 2015, más de 30 mil jóvenes israelíes religiosos y nacionalistas recorrieron sectores de Jerusalén Este coreando: «Muerte a los árabes», «Mahoma ha muerto», «Que tu aldea arda» y otras consignas racistas documentadas por medios y observadores.
En 2024 se escucharon cánticos como: «Quemen Shu’afat» o «Shu’afat está en llamas», en referencia al barrio palestino de Jerusalén Este donde en 2014 un adolescente palestino fue secuestrado y quemado vivo.
También se registraron frases como: «Un judío es un alma; un árabe es hijo de una ramera». En 2025 los cánticos fueron repetidos por miles de participantes.
Este año una asistente judía estadounidense, que se había mudado a Israel hace cinco años con su familia, declaró a un periodista que consideraba el islam «un cáncer» y sostuvo que la única solución era «matarlos o reeducarlos».
Incluso la justicia israelí debió intervenir
En mayo de 2015, el Tribunal Superior de Justicia de Israel rechazó una petición que buscaba impedir que la Marcha de las Banderas atravesara el Barrio Musulmán de la Ciudad Vieja, permitiendo así que el recorrido tradicional se mantuviera sin modificaciones.
Sin embargo, la decisión incluyó un reconocimiento poco habitual: los magistrados ordenaron a la policía arrestar a participantes que gritaran consignas racistas como «Muerte a los árabes» o protagonizaran hechos violentos.
La resolución dejó expuesta una contradicción persistente: mantener el paso de la marcha por una de las zonas palestinas más sensibles de Jerusalén y, al mismo tiempo, reconocer la existencia de riesgos reales de incitación racial y violencia.
¿Pogromos? El debate que divide incluso a Israel
En Europa Oriental, especialmente a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, la palabra «pogromo» comenzó a utilizarse para describir ataques colectivos contra comunidades judías, muchas veces tolerados, facilitados o directamente ignorados por las autoridades.
No se trataba únicamente de violencia física. También implicaban intimidación pública, humillación y la transmisión de un mensaje claro: un grupo determinado debía sentir miedo en su propio espacio.
Algunos periodistas y analistas israelíes comenzaron a utilizar ese concepto para interpretar escenas registradas durante el Día de Jerusalén.
La comparación más polémica apareció en referencias a la Noche de los Cristales Rotos de 1938, el pogromo nazi que marcó un punto de quiebre en la persecución en Alemania.
La analogía provoca fuertes discusiones. Sus críticos sostienen que equiparar ambos procesos banaliza un episodio histórico singular.
Quienes utilizan esa referencia responden que no buscan establecer equivalencias absolutas sino señalar mecanismos reconocibles: una multitud nacionalista avanzando sobre barrios de una minoría mientras una población intimidada se repliega, baja sus persianas y permanece encerrada.
Los grupos que salen a proteger a palestinos
Frente al aumento de los incidentes, surgieron redes de voluntarios israelíes y palestinos que acompañan a residentes palestinos durante la jornada.
Organizaciones como Standing Together y Tag Meir despliegan observadores y activistas en distintos puntos de Jerusalén para registrar agresiones, acompañar civiles y actuar como presencia disuasiva.
Dos ciudades en una misma ciudad
Quizás ninguna otra fecha expresa de forma tan clara las fracturas de Jerusalén.
Para algunos en Israel, el Día de Jerusalén representa “una victoria histórica y religiosa”. Para otros, es una jornada de miedo y ocupación.
Y mientras miles de banderas israelíes recorren la Ciudad Vieja, muchos palestinos esperan tras puertas cerradas que, una vez más, la jornada termine.


