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Natalia Jalil y Sin Fronteras Fest: cuando la cultura se transforma en solidaridad con Palestina

La psicóloga clínica, miembro del Directorio de la Colectividad Armenia de Chile y tesorera de la Juventud Armenia, relata cómo nació Sin Fronteras Fest, el festival que reunió a las juventudes palestina, armenia, siria, griega y libanesa para promover la cultura y convertir las tradiciones en un gesto concreto de solidaridad con Palestina.

La cultura puede convertirse en un puente entre pueblos, pero también en una herramienta concreta de solidaridad. Ese fue el espíritu que dio vida a Sin Fronteras Fest, un festival organizado por las juventudes de las colectividades palestina, armenia, siria, griega y libanesa, que reunió bailes tradicionales para promover el patrimonio cultural de cada comunidad y, al mismo tiempo, recaudar fondos en beneficio de la Fundación Belén 2000, institución que apoya a niños palestinos.

Gracias a esta iniciativa se recaudaron $1.280.000, recursos que fueron íntegramente entregados a la fundación para contribuir a su labor en favor de la infancia palestina, demostrando que preservar las tradiciones también puede traducirse en acciones concretas de ayuda y compromiso con Palestina.

Una de las impulsoras del proyecto fue Natalia Jalil Nayci, psicóloga clínica, descendiente de familias sirias y armenias, miembro del Directorio de la Colectividad Armenia de Chile y tesorera de la Juventud Armenia, quien conversó con Al Damir sobre el origen del festival, la importancia de fortalecer los vínculos entre las distintas colectividades y el rol que puede desempeñar la cultura en tiempos especialmente difíciles para el pueblo palestino.

¿Cómo nació la idea de crear Sin Fronteras Fest y qué los motivó a reunir a las juventudes palestina, armenia, siria, griega y libanesa en un mismo escenario?

“La idea de crear Sin Fronteras Fest tuvo principalmente dos propósitos. El primero fue encontrar una forma de promover nuestras culturas y el segundo, fortalecer los lazos entre las distintas comunidades a través de la juventud. Nos reunimos con estas colectividades porque manteníamos una relación cercana desde hace años, habíamos construido fuertes amistades y sabíamos que compartirían el entusiasmo por una iniciativa como esta”.

¿Por qué eligieron la danza tradicional como forma de acercar a estas comunidades y qué buscaban transmitir a través del festival?

“Queríamos encontrar una forma de mostrarle al mundo nuestra cultura. Pensamos en distintas expresiones, como la gastronomía, pero sentimos que era algo más conocido y accesible para el público. En cambio, nuestros bailes tradicionales no tienen la misma visibilidad, por lo que nos pareció una excelente oportunidad para dar a conocer una parte muy importante de nuestra identidad y nuestras raíces”.

El festival permitió recaudar $1.280.000 para la Fundación Belén 2000. ¿Por qué decidieron destinar esos recursos a esa institución?

“Sabemos que todas nuestras madres patrias atraviesan momentos difíciles por distintos motivos. Sin embargo, en ese momento el dolor que estaba viviendo el pueblo palestino, especialmente los niños, era mucho más profundo. Por eso decidimos que todo lo recaudado fuera destinado a ellos. Desde el primer momento tuvimos claro que nunca organizaríamos este evento para obtener ganancias, sino para aportar con un granito de arena a quienes más lo necesitaban”.

En un momento tan complejo para Palestina, ¿qué significado adquiere organizar una iniciativa cultural y solidaria como Sin Fronteras Fest?

“Creo que, cuando existe tanto dolor y sufrimiento, lo que realmente ayuda a salir adelante es la unidad, la contención y la compañía. Reunirnos entre colectividades amigas para crear algo que alegra el corazón permitió encontrarnos como familias, compartir con nuestros socios y demostrar que la cultura también puede convertirse en un espacio de esperanza”.

Como descendiente de familias sirias y armenias, ¿cómo influyen tus raíces en este tipo de proyectos y en el trabajo entre colectividades?

“Sin duda, nuestra descendencia forma parte de quienes somos. Define nuestra identidad, nuestra forma de mirar el mundo y también aquello que sentimos necesario hacer. Estas comunidades comparten historias marcadas por las guerras y el sufrimiento, por lo que resulta natural sentir empatía y querer aportar, aunque sea con un pequeño gesto, a personas que finalmente son como uno”.

¿Qué aprendizajes les dejó trabajar junto a jóvenes de distintas comunidades y qué importancia tiene fortalecer esos vínculos en Chile?

“Como dice el dicho, la unión hace la fuerza. Cada persona aportó desde su profesión, su experiencia y su forma de ser, enriqueciendo el proyecto con distintas miradas. Además, el apoyo del Club Palestino fue fundamental, ya que permitió contar con un espacio para realizar el festival. Entre estas colectividades existen fuertes lazos de amistad que vale la pena seguir fortaleciendo, porque compartimos tradiciones, pero también luchas muy similares”.

¿Existe la intención de realizar una segunda edición de Sin Fronteras Fest?

“Sí, sin duda queremos realizar una segunda edición. Aún estamos trabajando en su planificación, por lo que todavía no podemos adelantar mayores detalles, pero esperamos volver a reunir a las distintas comunidades en torno a la cultura, la identidad y la solidaridad”.

¿Qué mensaje te gustaría transmitir a los jóvenes de las distintas colectividades sobre el valor de preservar sus tradiciones y transformarlas en acciones concretas de solidaridad?

“Creo que cuando uno mantiene una buena relación con su propia historia, las raíces pasan a formar parte de nuestra forma de ser. Están presentes en nuestros hábitos, nuestros recuerdos y nuestras tradiciones familiares. Son esas tradiciones las que nos reúnen, las que hablan de quiénes somos y de dónde venimos.

Transformarlas en acciones concretas de solidaridad les entrega un valor aún mayor y nos ayuda a sentirnos un poco más cerca de nuestras madres patrias, que para muchos están lejos geográficamente, pero nunca han sido olvidadas”.

Cultura que une, memoria que trasciende

Más allá de los fondos recaudados, Sin Fronteras Fest demostró que la cultura puede convertirse en una poderosa herramienta para fortalecer los vínculos entre comunidades que comparten historias, tradiciones y, muchas veces, heridas similares. La iniciativa no solo permitió visibilizar el patrimonio cultural de distintos pueblos, sino también transformarlo en un gesto concreto de solidaridad con Palestina.

Mientras sus organizadores ya trabajan en una segunda edición, el festival se proyecta como un espacio donde las nuevas generaciones continúan construyendo puentes entre colectividades, reafirmando que preservar las raíces también implica comprometerse con el presente y tender una mano a quienes más lo necesitan.

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