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¿Por qué muchos palestinos en Chile tienen apellidos distintos a los originales?

De Abu Abbara a Apara, de Hadwa a Jadue y de Kanaan a Canales: la historia del choque entre el árabe y el español que cambió para siempre la identidad de miles de familias chileno-palestinas.

Por: Gazan Qahhat Khamis

“¿Su apellido?”

El funcionario chileno levanta la vista y espera la respuesta.

El inmigrante, recién llegado desde Palestina, responde en árabe. El funcionario escucha con atención, intenta repetir el nombre y lo escribe como cree haberlo entendido.

No lo sabe, pero acaba de cambiar para siempre la historia de una familia.

Ese apellido, escrito entre la barrera de dos idiomas, dos alfabetos y dos culturas que apenas podían comunicarse, será el que llevarán sus hijos, sus nietos y sus bisnietos durante más de un siglo.

Escenas como esa se repitieron miles de veces en Chile entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, cuando los primeros inmigrantes palestinos comenzaron a llegar al país. La mayoría provenía de Belén, Beit Jala y Beit Sahour, entonces parte del Imperio Otomano. Viajaban con pasaportes otomanos y, por esa razón, durante décadas fueron conocidos simplemente como “turcos”, pese a ser palestinos. Casi todos eran cristianos —principalmente ortodoxos y católicos—, una condición que facilitó su integración a una sociedad mayoritariamente cristiana.

Sin embargo, junto con el océano también cruzaron una barrera invisible: la del idioma. El árabe y el español no compartían alfabeto, sonidos ni reglas de escritura. Ese encuentro, aparentemente cotidiano, terminaría transformando decenas de apellidos palestinos que hoy forman parte de la historia de Chile.

El Registro Civil que reescribió cientos de historias familiares

A comienzos del siglo XX no existían normas para transcribir nombres árabes al español. Cuando los inmigrantes llegaban a inscribirse en el Registro Civil o en las oficinas de inmigración, se encontraban con funcionarios que jamás habían escuchado su idioma ni conocían su sistema de escritura.

En muchos casos, los documentos estaban redactados en árabe o en turco otomano. Sin traductores, sin intérpretes y sin reglas estandarizadas de transliteración, los nombres se anotaban según lo que el funcionario creía haber escuchado.

Lo que hoy parece un simple error ortográfico era, en realidad, un problema de comunicación. Cada inscripción era un ejercicio de interpretación entre dos personas que hablaban idiomas completamente distintos.

Así, un mismo apellido podía quedar registrado de maneras diferentes, incluso entre integrantes de una misma familia. Con el tiempo, esas diferencias dejaron de ser errores administrativos para convertirse en apellidos oficiales, heredados por generaciones.

Cuando dos idiomas no tienen los mismos sonidos

La dificultad no estaba únicamente en la escritura. También estaba en la pronunciación.

El árabe pertenece a una familia lingüística muy distinta al español y posee sonidos que simplemente no existen en nuestro idioma. Del mismo modo, algunos fonemas habituales en español tampoco forman parte del árabe.

Uno de los ejemplos más conocidos es la letra P. El árabe clásico carece de este sonido, por lo que tradicionalmente sus hablantes la sustituyen por una B al pronunciar palabras extranjeras.

Pero ese no era el único desafío. Consonantes guturales como ḥ (ح), gh (غ) o kh (خ) tampoco tienen un equivalente exacto en español. Ante esa dificultad, cada funcionario intentaba representarlas utilizando las letras que consideraba más parecidas.

No existía una forma correcta. Cada apellido podía escribirse de manera distinta dependiendo del oído de quien lo registraba.

Un mismo apellido, varias vidas

La ausencia de reglas para transliterar el árabe hizo que muchos apellidos terminaran teniendo múltiples versiones. Bastaba con cambiar de puerto, de ciudad o de funcionario para que una misma familia comenzara a escribir su apellido de otra manera.

En algunos casos se eliminaban palabras consideradas innecesarias; en otros, se simplificaban sonidos difíciles de pronunciar o se reemplazaban por otros más familiares para el español. Algunas familias incluso decidieron mantener esas nuevas grafías porque facilitaban su integración en la sociedad chilena.

Por eso hoy no resulta extraño encontrar ramas de una misma familia con apellidos diferentes, aunque todas compartan un mismo origen palestino.

De Abu Abbara a Apara, de Hadwa a Jadue y de Kanaan a Canales

Entre los casos está el de la familia Abu Abbara, que con el tiempo pasó a registrarse como Apara o simplemente Abara. La simplificación de la pronunciación y la desaparición del prefijo “Abu” terminaron dando origen al apellido con el que hoy se conoce a numerosas familias chileno-palestinas.

Algo similar ocurrió con Abu Ghosh, donde la separación entre ambas palabras desapareció y el sonido gutural representado por la letra árabe ghayn (غ) fue adaptado a una pronunciación más cercana al español, dando origen a Abugosh. Algunos integrantes de esta familia también se le cambió el apellido por Poza.

Uno de los ejemplos más emblemáticos es el de Hadwa, también documentado como Min dar Al Hadwah, que terminó consolidándose como Jadue. La transformación fue consecuencia de la dificultad para representar en español sonidos propios del árabe, especialmente la consonante ḥ (ح), inexistente en nuestro idioma.

Otros apellidos también siguieron caminos similares. Sabbagh pasó a Sabag; Khoury quedó registrado como Juri, Jury o mantuvo su forma original; mientras Nassar dio origen tanto a Nassar como a Nazar.

En ocasiones el cambio fue aún más profundo. Algunos apellidos fueron traducidos directamente según su significado. Haddad, que significa “herrero”, pasó a convertirse en Herrero o Herrera. Sayegh, cuyo significado es “platero”, terminó transformándose en Platero.

También hubo adaptaciones por semejanza fonética. Kanaan pasó a ser Canales, mientras Bishara terminó registrado como Becerra, buscando una pronunciación más familiar para los funcionarios de la época.

El fenómeno alcanzó incluso a los nombres propios. Al Farid derivó en Alfredo, Yamil en Emilio, y numerosos palestinos ortodoxos comenzaron a utilizar el nombre Jorge en honor a San Jorge, uno de los santos más venerados dentro de su tradición religiosa.

Mucho más que una diferencia ortográfica

Detrás de cada apellido transformado existe una historia de migración, adaptación y encuentro entre culturas.

Lo que hoy puede parecer una simple diferencia de escritura es, en realidad, el reflejo del momento en que miles de palestinos llegaron a Chile e intentaron hacerse entender en un idioma completamente ajeno. Cada letra modificada, cada sonido adaptado y cada apellido castellanizado hablan de ese primer encuentro entre dos mundos.

Más de un siglo después, esos apellidos siguen contando la historia de quienes dejaron Palestina para comenzar una nueva vida al otro lado del océano. Algunos conservaron casi intacta la forma original; otros cambiaron para siempre por una letra, una pronunciación o una anotación en un registro. Pero todos conservan el mismo origen y recuerdan el largo camino que convirtió a Chile en el hogar de una de las comunidades palestinas más grandes fuera del mundo árabe.

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