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Sliman Mansour: el artista que convirtió la resistencia palestina en arte

El artista palestino falleció este 24 de agosto a los 79 años, dejando más de cinco décadas de una obra profundamente ligada a la tierra, la memoria y la identidad de Palestina. Desde los olivos y los bordados hasta aquella inolvidable imagen de un anciano cargando Jerusalén sobre su espalda, Mansour construyó un lenguaje visual que trascendió las galerías y pasó a formar parte del imaginario colectivo de su pueblo.

Este 24 de agosto falleció, a los 79 años, Sliman Mansour, una de las figuras fundamentales del arte palestino contemporáneo y uno de los artistas que con mayor fuerza convirtió la experiencia de su pueblo en imágenes de memoria, arraigo y resistencia.

La noticia fue comunicada por su familia a través de la cuenta oficial del artista. Horas antes habían informado que Mansour se encontraba en estado crítico. Hasta ahora no se ha dado a conocer públicamente la causa de su muerte.

Su partida cierra una trayectoria de más de medio siglo, pero deja detrás una obra difícil de separar de la historia contemporánea de Palestina. Jerusalén, los olivos, los campesinos, los vestidos tradicionales bordados, la tierra y las mujeres palestinas poblaron sus pinturas hasta adquirir significados que iban mucho más allá del paisaje: hablaban de despojo y pertenencia, pero también de permanencia.

Nacido en Birzeit en 1947, Mansour pasó parte de su infancia entre sus campos y colinas y posteriormente vivió en Belén y Jerusalén. Estudió en la Academia Bezalel de Arte y Diseño de Jerusalén, de la que egresó en 1970. La ocupación israelí de Cisjordania y Jerusalén Este en 1967 marcaría profundamente tanto su generación como su producción artística.

Cargar Jerusalén sobre los hombros

Entre las imágenes que Mansour dejó a Palestina hay una que terminó trascendiendo incluso su propio nombre.

En Jamal al-Mahamel, conocida en inglés como Camel of Hardship, un anciano palestino avanza cargando sobre su espalda una representación de Jerusalén. El cuerpo aparece inclinado por el peso, pero continúa caminando.

La imagen se convirtió en una de las obras más reconocibles del arte palestino. Reproducida en afiches y otros formatos, salió de las galerías y llegó a hogares y espacios públicos palestinos, donde el hombre que carga Jerusalén terminó convertido en una representación del sumud: la firmeza y perseverancia frente al despojo y la ocupación.

Ese concepto atravesó buena parte de la producción de Mansour. Para él, sin embargo, la resistencia no tenía que aparecer necesariamente representada mediante escenas de violencia. Podía encontrarse en un paisaje, en un campesino cultivando su tierra o en un olivo que permanecía en pie.

En una entrevista concedida a Al Jazeera en 2024, Mansour explicaba que el sumud significaba no olvidar quiénes somos y continuar luchando por la liberación. Su pintura, decía, podía expresarlo simplemente mostrando un paisaje hermoso o personas trabajando en el campo.

Por eso la vida cotidiana adquirió una dimensión política en su obra. Permanecer, cultivar, recordar y conservar la identidad podían ser también actos de resistencia.

Una iconografía para Palestina

A lo largo de las décadas, Mansour desarrolló un universo visual inmediatamente reconocible.

Los olivos remitían al vínculo con la tierra y a las raíces; los vestidos palestinos y sus bordados preservaban una identidad cultural transmitida entre generaciones; los paisajes recuperaban una geografía marcada por el desplazamiento; y Jerusalén apareció una y otra vez como ciudad real, pero también como memoria, pertenencia y anhelo.

Las mujeres ocuparon asimismo un lugar central. Monumentales, vestidas con thobes tradicionales y estrechamente vinculadas al paisaje, en numerosas obras sus cuerpos parecen fundirse con la propia tierra palestina.

Mansour contribuyó así a desarrollar una identidad visual palestina contemporánea que sería reconocida dentro y fuera de Palestina. Sus imágenes no buscaban únicamente representar un territorio: preservaban símbolos culturales en un contexto en el que la identidad nacional palestina era objeto de censura y represión.

Esa censura también alcanzó directamente a los artistas. Mansour recordó que en 1980 una exposición que compartía con Nabil Anani e Issam Badr en Ramallah fue cerrada por el ejército israelí apenas horas después de su inauguración. Posteriormente, los artistas fueron advertidos de que no podían realizar pinturas políticas ni representar la bandera palestina o sus colores.

Cuando la tierra se convirtió en la obra

Con el inicio de la Primera Intifada en 1987, Mansour llevó esa búsqueda todavía más lejos.

Junto a los artistas Vera Tamari, Nabil Anani y Tayseer Barakat, impulsó New Visions, una experiencia artística que exploró nuevas maneras de vincular creación, identidad y resistencia.

El grupo comenzó a trabajar con materiales locales y naturales como barro, paja y henna, alejándose de los soportes tradicionales. En Mansour, particularmente, el barro adquirió una importancia central: lo moldeaba sobre estructuras y permitía que se secara y agrietara de manera natural.

La tierra palestina ya no era solamente aquello que aparecía representado en una pintura. La propia tierra pasaba a formar parte de la obra.

Las grietas producidas al secarse el barro incorporaban además la fragilidad y el paso del tiempo a esas piezas, reforzando físicamente el vínculo entre obra, territorio y memoria.

Mansour resumió años después su manera de entender la creación con una idea que atravesó toda su trayectoria: “Creo en el arte como un instrumento social, no como decoración para las casas de los ricos”, afirmó en 2024.

Construir un movimiento artístico palestino

Su legado, sin embargo, no quedó limitado a sus propias pinturas.

En 1973 fue cofundador de la League of Palestinian Artists, organización que posteriormente encabezó durante varios años y que tuvo un papel importante en la articulación del movimiento artístico palestino.

En 1994 cofundó el Al-Wasiti Art Center en Jerusalén, creado para preservar y archivar el arte palestino y tender puentes entre artistas que vivían en Palestina y aquellos que se encontraban en el exilio. Más tarde integró la junta fundadora de la International Academy of Art Palestine y ejerció como profesor en la Universidad Al-Quds entre 2000 y 2014.

Su trabajo recorrió exposiciones y colecciones internacionales. Participó, entre otras instancias, en la Bienal de Sharjah y sus obras llegaron a colecciones como las del British Museum, el Institut du Monde Arabe y Guggenheim Abu Dhabi.

En 1998 recibió el Palestine Prize for the Visual Arts y el Grand Nile Prize de la Bienal de El Cairo. En 2019 fue distinguido con el Premio UNESCO-Sharjah para la Cultura Árabe, en reconocimiento a una trayectoria que combinó creación artística, enseñanza y construcción de espacios para nuevas generaciones.

Ni siquiera los problemas de salud lograron alejarlo completamente de su oficio. Después de sufrir un accidente cerebrovascular en 2021, que afectó su mano izquierda y su capacidad de concentración, Mansour continuó asistiendo a su estudio en Ramallah. Pintaba, dibujaba, leía o simplemente permanecía allí. Trabajar seguía formando parte de su rutina.

Y cuando la devastación de Gaza volvió a irrumpir en su trabajo a partir de 2023, reconoció que había imágenes que no conseguía apartar de su mente y que solo podía sacar de ella a través de la pintura.

Una Palestina que permanece

La muerte de Sliman Mansour deja a Palestina sin uno de sus grandes artistas contemporáneos, pero no sin las imágenes que construyó durante más de cincuenta años.

La Palestina que pintó permanece en los olivos, en Jerusalén, en los bordados, en los campesinos y en la tierra.

Permanece también en aquel anciano que todavía avanza con Jerusalén sobre la espalda; en el barro palestino que Mansour convirtió en materia artística; y en generaciones que encontraron en sus pinturas una manera de reconocerse y preservar una memoria colectiva.

Porque Mansour no se limitó a pintar Palestina. Ayudó a construir una forma de verla, recordarla y contarla.

Y quizá allí reside la dimensión más profunda de su legado: en haber convertido el arte en un lugar donde Palestina pudiera seguir existiendo, incluso frente a quienes intentaron borrarla.

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