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Dominique Tarzijan: “ME IBA A PEGAR EL SALTO CON O SIN PANDEMIA”

  • Tiene 30 años y es la dueña y gerenta general de Chile Limpio y Laboratorios Tarzijan que en los próximos meses inaugurará, además, una droguería.

Laboratorios Tarzijan es un galpón de cinco mil metros cuadrados con sede en el Condominio Loteo Industrial Los Libertadores, donde se ubican también, compañías como Intercos y Medcell. En el interior de la fábrica funciona, además, Chile Limpio, distribuidora y fabricante de productos de limpieza y desinfección industrial fundado en 2014. El galpón está dividido en bloques funcionales por tarea y visto desde arriba parece un laberinto. Todo es de colores claros: grises y blancos, y  las oficinas y salas están rodeadas por ventanales. Aquí no hay rincón donde esconderse, ni si quiera el polvo podría pasar desapercibido. Hay también, un laboratorio donde se producen las muestras antes de fabricar los productos a gran escala, y otra oficina amplia para los vendedores. Todos los ventanales están rayados con fórmulas químicas, nombres de clientes, listas de pedidos, frases motivacionales y dibujitos.

Dominique Tarzijan

Hoy es jueves 21 de abril y hay una completada. El casino tiene mesas estrechas y largas donde los trabajadores, que visten overoles o buzos negros, almuerzan como si estuvieran en un bar. De pronto, el rumor de las conversaciones es apagado por el saludo de una mujer que irrumpe con un vozarrón alegre. Dominique Tarzijan entra en escena. Es una rubia pelirroja de metro setentaicinco, viste jeans pata ancha negros, bototos y un chaleco hecho a partir de estampados de varias telas, blanco, azul, amarillo, celeste y morado, encima, un pañuelo rosado y turquesa. Es una ráfaga de color en una escala de grises.

Tiene 30 años y es la dueña y gerenta general de todo este recinto. Su oficina está ubicada en el segundo piso, al igual que el resto de las habitaciones está enmarcada de ventanales y desde la altura puede supervisarlo todo. Su escritorio es un caos organizado de muestras, papeles, cuadernos y una mancuerda de dos kilos con la que ejercita sus brazos mientras lee correos.

Hoy no es un día tranquilo para Dominique, ocho de sus treinta trabajadores fallaron y la empresaria se mueve como un caballo al galope, como si quisiera abarcar los cinco mil metros cuadrados de la fábrica en dos pasos. No tiene un segundo que perder, y, sin embargo, en ella no hay una pizca de nerviosismo. Su andar es interrumpido por su abogado que con tono de pánico le dice que acaba de renunciar una de sus empleadas. Dominique ni se inmuta, dice que bueno y que lo hablan después, como si se metiera una nota sin urgencia en el bolsillo para revisarla más tarde.

UN EJEMPLO DE FORTALEZA Y PERSEVERANCIA

Dominique Tarzijan junto a sus colaboradores

Dominique dice que desde niña fue terca. “En el colegio no era buena para nada en específico, pero tanto en las materias como en los deportes miraba a los mejores del curso y me ponía como meta superarlos, y lo lograba, no veía la posibilidad de no hacerlo. No era algo que me saliera por inercia, estudiaba como loca, no había pizarra que me aguantara entonces terminaba rayando los ventanales de mi pieza. Todavía pienso así, no concibo la posibilidad que un negocio no me funcione o que un cliente me diga que no, me las rebusco hasta conseguir lo que quiero”, comenta.

  • Dominique, saliste del colegio a los 17 años y te titulaste de ingeniera comercial a los 22 porque adelantaste los ramos. ¿Por qué tanto apuro?

Psicológicamente creo que tiene que ver con que soy hija única. Todos los ojos estaban en mí, pero fuera de eso realmente lo deseaba, era de una competitividad brígida, y quería entrar al mundo laboral lo antes posible. Lo que pasa es que yo no miraba a mis compañeros, me comparaba con otros familiares que eran empresarios exitosos y quería ser como ellos.

  • Tu primer trabajo fue en una empresa de corretaje de bolsa. ¿Cómo fue esa experiencia?

No me fue muy bien, desconocía cómo funcionaba el ambiente. El primer día llegué vestida como una ejecutiva, igual que Ann Hathaway en “El diablo viste la moda” y me doy cuenta de que el officewear era formal fashion. Duré menos de un año y cuando me despidieron fue súper penca. Llegué a la oficina y cuando trato de ingresar en mi laptop vi que me habían bloqueado el acceso al sistema. Al rato me llamó el jefe para decirme que estaba desvinculada y me tuve que ir al tiro con él a la notaría. Todo el camino me tragué las lágrimas, porque yo no entendía que ese era el protocolo, me lo tomé como una denigración, como que el tipo pensaba que yo me iba a arrancar.

  • ¿Cómo se produce este cambio radical de rubro?

– El mismo día que me despidieron me fui a la fábrica de mi papá,  Roberto Tarzijan,  ubicada en la calle Dominica, de Recoleta. Tenía una empresa que confeccionaba bolsas de plástico para grandes empresas, y, por un tema de patentes se vio obligado a comprar la bodega que estaba pegada a la suya, una fábrica de productos de limpieza que no tenía utilidades y de la que nadie se quería hacer cargo. Me llamó la atención la precariedad de todo, el desorden, que los trabajadores llenaran los bidones de forma manual, que hubiera mercadería juntando polvo en los rincones quién sabe hace cuánto. Decidí entonces ayudar a mi papá, dejar el negocio andando y luego volver a mi vida normal. Ese era mi plan.

Comence trabajado codo a codo con un químico, quedándome hasta la media noche, aprendiendo de fórmulas y materias primas y también, visitando detergenteros caseros donde aprendí a hacer mucho con poco y de paso consiguí a mis primeros proveedores.

  • Sus primeros clientes aparecieron, como describe Dominique, por desgracias que les ocurrieron.

Yo era la Betty la Fea del rubro, la que nadie pescaba. Un día me llamó un supermercado, la fábrica de su proveedor de siempre se había incendiado y el comprador se había acordado de esta cabra chica que lo llamó mil veces para ofrecerle el cielo, el mar y la tierra. Me pidió la orden para el día siguiente y yo cumplí. Así empecé apagando fuegos y por eso, aprendí a trabajar con stock adelantado de tres a seis meses.

  • ¿Cuáles han sido las mayores dificultades que has enfrentado?

Tenía un vendedor al que consideraba mi mano derecha. Un día dejó la compañía y de manera inmediata nuestros productos empezaron a salir fallados causando muchos problemas con mis clientes. Luego supe que se había llevado la fórmula real y no sólo se la ofrecía a nuestros clientes sino que también hablaba mal de mi. Fue una traición brutal. Mi mano derecha no sólo me había robado las formulas sino que las modificó para que los productos de Chile Limpio bajaran abruptamente de calidad.

Me volví loca, trabajaba sentada en el suelo hasta la media noche, recapitulando ph, densidades, gramaje, calculando la probabilidad matemática de las fórmulas de cada uno de los 50 productos que vendía en ese entonces. Después fui con el químico a hacer las muestras y una vez que eso resultó, me paré al lado del fabricante a ver cómo lo hacía. Ya no confiaba en nadie, no me atrevía a delegar.

  • ¿Cómo enfrentaste la pandemia del Covid 19?

Me pilló parada. Yo me iba a pegar el salto con o sin la pandemia, lo veía venir porque ya manejaba muy bien el negocio, ya tenía clientes importantes fijos, y aunque nunca me siento segura porque creo que todo se puede ir a pique en cualquier momento, tengo la misma convicción sobre mis capacidades de volver a levantarme. Con la llegada del Covid-19, nuestra  producción se cuadriplicó y una de las complicaciones que tuve fue que la página web no tenía límite de stock, por lo que de la noche a la mañana me encontré con pedidos gigantescos.

Fue un descriterio, pero una de las ventajas que tiene ser una pequeña empresa es que no tienes la burocracia de las grandes, por lo que puedes tomar decisiones mucho más rápido. Además, yo tenía excelente relación con mis proveedores, porque pagaba al contado y eso fue esencial, porque cuando nadie tenía las materias primas yo sí.

Trabajo de laboratorio
  • ¿Qué nuevas oportunidades se han abierto?

En plena pandemia, comencé a hacer hacer negocios con laboratorios Rovic. Pocos meses después, la propiedad de Rovic se vendió y compré los permisos de la marca y nos trasladamos desde Recoleta al Parque Industrial los Libertadores. Me quedé  con la antigüedad de la marca y la renombré Laboratorios Tarzijan que empezó a funcionar en marzo de 2021 y próximamente inauguraré Droguerías Tarzijan que importará remedios e insumos médicos.

  • Mirando tu trayectoria ¿sientes que valió la pena para llegar dónde estás?

Sí, valió la pena, pero si tuviera que volver a empezar no sé si podría hacerlo, si tendría la energía emocional porque sufrí muchísimo. Fui muy criticada por mis cercanos, porque vivía en la fábrica y no tenía tiempo para nada más.
Mis amigos me iban a ver al trabajo para saber cómo estaba. Todos me aconsejaban que vendiera la empresa, que no valía la pena. Claudio, mi marido, siempre me apoyó. Cuando pololeábamos,  me iba a ver todos los días, y me decía que cómo iba a renunciar a esto que se había convertido en mi sueño.

  • ¿Cuáles fueron las lecciones más importantes que aprendiste en los últimos años?

Primero, aprender a hacer de todo, eso ha sido clave para nunca dejar de producir, sé manejar hasta el yale. También la resiliencia de levantarme una y otra vez, de estar en el barro y seguir adelante. De forma indirecta, me lo enseñó mi mamá que cuando era niña me despertaba a las cuatro de la mañana para estudiar. En su minuto fue un trauma, pero hoy se lo agradezco porque me enseñó a estar siempre preparada, me empoderó. Volver a confiar y a delegar, pero eso tiene que ver con el excelente capital humano que he encontrado en mis trabajadores. Por último, dejar de llorar, haber desarrollado una coraza. Aún tengo el miedo constante a que las cosas se derrumben en cualquier minuto, ese sentimiento es adictivo, pero de a poco me lo he ido sacando, algún día, quizás, desaparezca por completo.

Stephanie Elías Musalem

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